La Dama de Blanco

Capítulo VI

La Dama de Blanco

Había sido una semana dura de trabajo, se hacía eterna, infinita, máxime, cuando por fin hoy viernes a las cinco de la tarde quedaría libre y por fin me tomaría mis ansiadas vacaciones de verano.

La última media hora, solo miraba el reloj que tenía en la pared de enfrente y que, por esas extrañas leyes de la física, sus manecillas parecían no moverse.

Cuando por fin asomé a la puerta de la oficina, sentí una especie de liberación, una bocanada de aire fresco, que a pesar de los casi cuarenta grados que marcaba el termómetro de la acera de enfrente, me hizo sentir cómodo.

Todo estaba preparado, en el cruce de la bocacalle anterior a la oficina, ya veía el coche de Alfredo, mi amigo del alma que venía a buscarme, el trayecto hasta la casa rural que habíamos alquilado para una semana entre varios amigos, lo haríamos juntos. Desde esa misma mañana ya estaban otros allí y esta misma noche, se reunirían el resto, un total de diez amigos, que al igual que en otras muchas ocasiones, habíamos decidido compartir estos días de relax veraniego.

Como gran atractivo del lugar que habíamos escogido, un espeso bosque cercano, por el que dar largos paseos, y un lago, donde regocijar y rebajar la sofoquina de las tardes de las tardes.

Las noches según nos habían comentado, eran frescas, noches para disfrutar hasta altas horas de la madrugada, en el amplio porche delantero de la casa, junto a la barbacoa y con unas vistas inmejorables sobre la cristalina estampa que el lago reflejaba a la luz de la luna.

Cuando llegamos al lugar Alfredo y yo, nos quedamos alelados contemplado la magnificencia de la casa, el coche  aparcado de Alex y Lydia, nos certificaban que este era el lugar, nos bajamos del coche y tras contemplar la maravillosa construcción del caserón en granito, nos dimos la vuelta para contemplar el paisaje y encontrarnos con el majestuoso lago, allí tumbados al sol estaban ellos, todos salvo Alex que saltaba y brincaba en el agua para hacerse notar, invitándonos a que nos acercamos.

La confianza entre todos los miembros del grupo era tal, que ni por un momento dudamos en desnudarnos y en calzoncillos, de estos ajustado y de media pata que son de lo más corriente hoy en día, nos dirigimos como dos niños corriendo a encontrarnos con nuestro amigo en el interior del lago.

Parecíamos niños, saltando, dándonos ahogadillas, echándonos agua o corriendo unos, tras de otros, al final terminamos todos dentro del lago, y radiantes de felicidad.

En uno de estos momentos de abrazos fraternales y risas, miré en sentido a la casa y por un momento algo me desconcertó.

—¿Qué te ocurre Curro? —Pregunto Alex ante mi cara demudada.

—¡Ni que hubieras visto un fantasma!

—Tranquilo no es nada, creo que me ha debido dar un mareo, una bajada de tensión o algo así.

—Venga, vamos a la casa, tenemos la bebida fresca y algo para picar hasta que llegue el resto. —comentó Alexia.

—Después que empiece la fiesta, la barbacoa ya está preparada, para encender y meter las viandas, y he traído un ron para los cubatas, que ya os gustaría a muchos.

Alfredo, me ayudo a salir del agua y me llevó hasta la casa, según nos acercábamos, Luis y Leticia, salían con un puñado de toallas para secarnos y comenzar la primera fiesta nocturna en la casa, pero a mí, a mí no se me terminaba de ir de la cabeza, aquello que unos momentos antes había visto de forma tan nítida, pero que de ninguna manera respondía a mi sentido lógico y practico.

Tras la primera birra fresquita, y el picoteo, el estado de ánimos de todos era totalmente festivo, máxime cuando a unos ciento de metros vimos acercarse los dos coches de los amigos que faltaban, la fiesta ya estaba montada, minutos después, la carne asada, los chorizos, la panceta, llenó de olor el entorno, y el alcohol era la chispa que nos tenía ya a todos en un estado de alegría indescriptible.

Salvo Alex y Alexia, con sus idas y venidas, todos los demás éramos libres, nos conocíamos desde hace muchos años y aunque en realidad, tal y como dije antes, todos habíamos compartido casi todo con casi todos, y hablo de experiencias, viajes, cama, sexo, incluso en algún caso sexo en grupo, seguíamos siendo un grupo compacto, sin dobleces, donde la amistad, el cariño y las ganas de fiesta y diversión, era lo que imperaba en cada uno de nuestros encuentros.

—Curro, ¿te preparo un cubata de los tuyos?

—No gracias, Luis, de momento por hoy creo que de alcohol ya voy servido.

Ahora visto con la perspectiva del tiempo, creo que de ese día fue la decisión más acertada, o tal vez…

Bueno mejor será que os cuente lo que ocurrió, y así vosotros mismos podréis sacar vuestras propias conclusiones.

Tal y como os avanzaba, la noche corría, llevábamos tiempo, bebiendo como cosacos, ya que la situación era propicia, no teníamos que desplazarnos a ningún sitio, y la compañía era formidable y como era lógico, la vejiga estaba llena, estábamos en el medio del campo y nada más propicio, que alejarnos unos metros del grupo y aliviarla. Este era el objetivo, bordeé la casa y en la parte trasera descuidadamente contra un árbol, me alivié relajadamente.

Sí, la luna estaba llena y alumbraba como si de un potente foco se tratara el bucólico lugar, tras la casa el amplio y frondoso bosque. Cuando termine la faena, algo cercano al bosque y que apenas distaba cien metros del lugar dónde me encontraba, llamó poderosamente mi atención.

Tuve que mirar varias veces para cerciorarme, pero no, no había duda alguna, allí al igual que había contemplado esta tarde desde el agua se hallaba la Dama de Blanco, esa mujer etérea, casi traslucida paseándose ante mí, llamando mi atención y casi diría yo que invitándome a que la siguiera.

Creo que entré en una especie de estado hipnótico, encaminé mis pasos hacia dónde ella se encontraba y cuando estaba a escaso metros, se introdujo en la espesura del bosque, un bosque totalmente oscuro y desconocido para mí.

En el interior de la foresta apenas era capaz de seguirla, solo una pequeña estela de luz me indicaba por el recoveco que se había introducido, era como seguir una estela, pero yo me introducía más y más, sin apenas ser consciente de lo que estaba haciendo.

Durante unos segundos, me encontré perdido, en una absoluta oscuridad, solo eso, oscuridad y extraños ruidos. Ruidos que de no ser un hombre curtido y con los nervios de acero, hubiera salido corriendo de aquel lugar.

De pronto, no sé si es cierto lo que mis oídos captaban, o era fruto absolutamente de mi imaginación, pero por momento llegaba nítida una melodía que iba creciendo tétricamente.

Era una especie de réquiem, me recordaba a aquel famoso disco de canto Gregoriano, que tanto éxito tuvo una década atrás, las voces se agrandaban, parecían mucho más cercanas, cuando un rayo de luz deslumbrante, me dejo cegado. Por un momento, era un simple claro del bosque, un pequeño agujero de apenas un metro de diámetro por el que entraba la luna y me cegó por unos segundos, cuando recuperé la vista, a un par de metros escasos, estaba ella la Dama de Blanco, era luminosa, atractiva a rabiar, apenas cubierta por unas gasas blanca que en la distancia daban sensación de vestido, pero ahora en la cercanía apenas eran trapos que media cubrían su sugerente anatomía.

Lucia una larga cabellera rubia de pelo rizado, una sonrisa cautivadora, y una voz…

Su voz era melosa, solo dijo una frase, que me dejo absolutamente confuso.

—Llevo tiempo esperándote, mucho tiempo.

Entonces, se me acercó sugerentemente. Yo no supe reaccionar, sonreí y creo que di un pequeño paso para acercarme a ella, pero…

La cercanía me hizo sentir un frio atroz, un hedor que me hizo retroceder un par de pasos, entonces me mostró la peor de sus imágenes, ese gesto dulce y suave, se convirtió en un gesto amenazante, sus finos rasgos se convirtieron en cadavéricos, sus finas manos en potentes garras y yo, yo…

Creo que perdí el conocimiento, me desperté no sé cuánto tiempo después.

—¡Curro, Curro! —escuchaba llamarme a gritos a mis amigos, aún en la distancia.

—¡Aquí, estoy aquí! —Pude alcanzar a gritar; en ese momento sentí como de mí se alejaba esa sombra en la que se había convertido la Dama de Blanco. En la mano izquierda tenía un arañazo, que sangraba abundantemente, tal vez fruto de esas garras terroríficas con las que me había amenazado la dama de blanco.

Entonces miré mi reloj, era poco más de media noche y al ver llegar a mis amigos, me recompuse, traté de incorporarme del suelo, pero era como si un potente imán me mantuviera pegado a él.

—¿Qué te ha pasado Curro? —Pregunto Alfredo al llegar al mi lado y tratar de ayudarme a incorporarme dándome la mano.

—No tengo ni idea, algo me arrastró hacia aquí.

—No seas fantasiosos, colega, yo mismo vi como estabas meando en la parte trasera de la casa y luego, por voluntad propia te introducías en el bosque.

—Sí, pero no era yo, bueno sí que era, pero…

Al oír yo mismo mis palabras, opte por mantener silencio, era absolutamente una locura, era algo que ni yo mismo entendía. ¿tal vez todo esto era fruto de alcohol ingerido?, ¿tal vez eran simple alucinaciones por algo que había comido?, pero…

No, no era posible, la primera visión fue esta tarde nada más llegar y entonces no había alcohol, no había nada a lo que achacar la alucinación.

Llegamos a la casa, alguien puso un dulce brebaje en mi mano, yo lo acepté y di los primeros sorbos, esto me reconfortó y poco después según todos decían el color normal volvió a mi cara.

La noche transcurrió lenta, pero tranquila, el sueño apenas consiguió llegar hasta el alba, los rayos de sol que se introducían por la ventana, me despertaron, en la habitación que ni siquiera recordaba con quien había compartido estaba yo solo, la ventana daba al bosque, me asomé y por unos segundos creí que todo era fruto de una pesadilla, pero entonces miré mi mano, ese purulento arañazo que la noche anterior me había olvidado de desinfectar, y supe que lo vivido y lo sentido, al filo de la media noche era algo real, algo autentico.

El día transcurrió en absoluta normalidad, solo alguna que otra vez desde el lago o desde la parte de atrás de la casa, miraba con cierta nostalgia el bosque.

—¿Qué pasa colega?, ¿quieres que nos demos una vueltecita a la luz del día?

—Sí, a mí me parece perfecto que después de la siesta demos un largo paseo por el bosque. —añadió Alexia.

Así lo hicimos y según no internábamos en el mismo, iba cogiendo confianza, allí no había nada tenebrosos, allí solo naturaleza, casi virgen, solo en algún que otro sitio, vestigios de cerdos humanos que habían tirado bolsas de plásticos o latas de refrescos o cervezas, por lo demás nada sospechoso, nada hasta llegar…

—Joder, mirad, mirad allí, vaya sitio bonito.

Alex, indicaba una bonita cascada, un pequeño lago en el interior del bosque de aguas cristalinas y transparentes.

Entonces, sin saber cómo, solté un potente grito, ¡No!

Todos se quedaron paralizados, algunos estaban a punto de sumergirse en las apetecibles aguas, tras despojarse de sus ropajes, cuando solté mi grito.

—¡Qué te ocurre!, ¿te has vuelto majara?

—Algo me dice que no es buena idea bañarnos aquí, es más yo no quiero estar aquí ni por un momento más.

Di media vuelta, el resto me siguieron intrigados, sin soltar palabra alguna, mientras yo me alejaba del lugar cada vez a mayor velocidad.

—Curro, ¿qué ocurre?

—No me gusta este lugar, me da mal fario y tras lo que ocurrió anoche.

Al salir del bosque sentí un gran alivio, era como si me quitara un peso de encima y no sé, si era por el tema de salir de la sombría del bosque o porque algo en su interior…

Según nos alejábamos de allí, volví a ser yo mismo, ¡jamás volvería a internarme en el interior del bosque!, ¡jamás volvería a poner los pies allí!

Al caer la tarde, todo volvió por los mismos pasos de la tarde anterior, yo no bebí ni un solo sorbo de alcohol, ni siquiera cerveza “sin”.

Entró la noche, seguía los mismos cauces de la anterior, incluso las mismas ganas de ir al baño, fui al del interior de la casa, pero al filo de la media noche…

Al filo de la media noche, me entró una tiritera desconocida, el arañazo, comenzó a sangrar, como si estuviera recién hecho y una irresistible fuerza me arrastraba al interior del bosque. Entonces grité.

—¡No, no, no!

—¿Qué pasa Curro? —me preguntaron casi al unísono.

Yo les mostré la mano sangrando, al tiempo que gritaba.

—No quiero volver allí, no quiero.

—Curro, nadie te va a obligar, —me dijo Alex, mientras me abrazaba.

—¡Quiere que vaya con ella!, ¡quiere tenerme a su lado!

—¿De qué hablas Curro?

—De la dama de Blanco, de quien voy a hablar, ¿no la habéis visto?

—No desvaríes Curro, ¿Cuándo se supone que la debíamos haber visto?

—Estaba allí, en el lago, en el interior del bosque, bañándose tranquilamente.

 

—¡Curro, Curro! Tranquilo, me susurraba Alfredo mientras me zarandeaba en la cama.

—¡Tengo que huir de aquí, me tengo que alejar!

—Tranquilo, estás teniendo una pesadilla.

Me incorporé en la cama, estaba chorreando en sudor, las sabanas estaban empapadas, pero por la ventana…, por la ventana en la lejanía, escuchaba esa maldita música Gregoriana.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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