El tonel

El tonel

Sí ese ha sido mi apodo, durante mi niñez y parte de mi adolescencia, me llamo Juan, pero durante muchos años de mi corta vida, salvo en casa y sitios oficiales, nadie me reconocía como tal.

Solo con mencionar mi apodo, se me ponen los pelos de punta, de golpe  me llegan tantos recuerdos amargos, tantos momento sufridos en soledad, que durante mucho tiempo, fui incapaz de compartir con nadie, ni siquiera con mi abuela Ana, esa mujer que fue como una segunda madre para mí.

Recuerdo, sobre todo por las fotografías que hasta los cinco años fui un niño normal, algo rellenito, pero poco más, como decía mi madre.

—Este niño rebosa salud por todos lados.

Sí es cierto ese mal entendido, que un niño gordito es un niño sano y, así lo es hasta que deja de serlo.

Cuando estaba cercano a cumplir los seis años, y esto lo recuerdo porque mi sexto cumpleaños, fue algo amargo, ya que justo el día antes a mi madre la habían hecho una complicada operación el día antes. Empecé a engorda día tras día, la larga estancia de mamá en el hospital, mis caprichos, el no entender las cosas, fue todo uno.

La abuela Ana, tal vez por un exceso de celo en que mi madre no me viera desmejorado, me consentía en todo, me daba todos los caprichos, así mi comida favorita eran filetes con patatas fritas, mi merienda bollería industrial, eso sin contar los helados que me compraba en todos nuestros paseos, o las cenas a base de bocadillos de chorizo.

Sí, sé que pensareis, que esto es lo normal en la mayoría de los niños, pero añadido a mi gran disminución de actividad física, ya que el colegio estaba casi en la misma puerta de la casa de la abuela, que dejé de jugar al futbol y, que la abuela a lo contrario de mamá. No me permitían salir a jugar a la calle con el resto de niños, me convirtieron inexorablemente en un niño sedentario y muy mal alimentado.

Mi cambio físico era obvio, se notaba casi a diario, mi madre postrada en la cama del hospital  y después en la de casa, me lo decía, Juanito, está engordando mucho.

—Anda deja al niño, está en edad de crecer, luego verás como con el estirón.

Yo no era consciente de lo que me estaba haciendo y las personas que tenía cercanas, bien por no poder hacer nada, o bien por miedo a no hacerlo bien, como es el caso de la abuela, me daba todos los caprichos, cada vez eran menos los días que comía la misma comida que el resto de la familia.

—¡Mamá lo estás mal criando¡

—Anda hija, que trabajo me cuesta hacerle unas patatas fritas, ya sabes qué sino, apenas prueba el puchero.

Esta conversación se producía casi a diario, cuando no eran las patatas fritas, era un filete o los huevos fritos, a los que tanto me aficioné.

En el colegio, en un principio recuerdo que nada parecía haber cambiado, pero después fueron mis limitaciones físicas al seguir a los otros niños, corriendo me fatigaba constantemente, al fútbol salvo de portero, desistí de jugar, y así una cosa tras otra, hasta que me convertir en un niño solitario, aburrido, un niño con los que otros niños no disfrutaban y  poco a poco, me fui quedando solo, aislado y olvidado de los que hasta hacía poco tiempo, eran mis amigos de juegos.

De esto a pasar ser un estorbo era todo, en clases de gimnasia, mi participación era obligada, pero dada mi escasa actividad física, ninguno me quería en sus equipo, y por ese motivo, rehuían escogerme, salvo que fuese necesario, cosa que normalmente el profe de gimnasia exigía.

Recuerdo como si fuera hoy mismo aquella tarde de hace ya casi veinte años. Era una carrera de relevos, yo era él último, el resto del equipo había realizado un esfuerzo supremo, para que iniciara la carrera con gran ventaja y así tal vez, tener alguna opción de ganar, pero  arranque mal, muy mal, a mitad de carrera un fuerte flato, me impedía correr, lo que hacía no era otra cosa que andar a un paso algo más rápido, cuando desde algún lugar de las gradas, alguien gritó.

—¡Ahí va el tonel, como no sea rodando, no creo que llegue a la meta¡

Al final, creo que por muy poco llegué el primero a la meta, creo que más que nada fue amor propio, pero ese esfuerzo no  fue gratuito, poco después sufrí un desvanecimiento por la falta de oxígenos en mis pulmones, que fue motivo de mi ingreso hospitalario.

Fue una señal de alarma, pero que dada la escasez de salud por falta de mi madre, no se le dio demasiada importancia y, sin embargo, ante el temor de un nuevo incidente, el colegio, me eximio de la asignatura de gimnasia, en un principio temporalmente.

Aquí, ya soy consciente de que a todo esto, se agregó un componente psicológico, un factor de incomprensión por mi parte, de rebeldía al fin y al cabo. No entendía que mi madre no se pudiera responsabilizar de mí, que me cuidara y me mimara como a todos mis compañeros, hacían sus propias madres, no era capaz de entender que mi madre esos años se debatía entra la vida y la muerte y había días que incluso era incapaz de gestionar su propia respiración y la tenían que poner una máquina.

Durante  años he estado muy perdido, no era consciente del daño que me hacía, ni tan siquiera, que es lo peor, sabía cómo podría salir de esto.

Aquella primera vez que me llamaron Tonel, me dolió, las siguientes me enfurecieron, con el paso del tiempo, a todo te acostumbras y el supuesto apodo a modo de insulto, por un oído me entraba y por otro me salía. Era el gordo oficial, todo el mundo lo sabía, todos lo conocíamos y a pesar de lo humillante que en un principio me resultaba, ahora ya era algo indiferente, me molestaba  mucho más, la soledad, el aislamiento al que me sometían, el ignorarme hasta el punto que yo mismo muchas veces en este tiempo deseé ser invisible, aunque muchas veces en mi casa, en la soledad de mi cuarto, pensaba que así era realmente, que  por algún hechizo desconocido, era invisible para todos ellos, ninguno me quería como compañero para hacer trabajos por parejos, en equipo, siempre era el último elegido, a pesar de mi merma de facultades física, en lo intelectual, era uno de los mejores de la clase, mis notas raramente bajaba del sobresaliente, sin embargo tampoco en este aspecto me sentía valorado, y de igual modo que en lo físico, no solo ignorado, sino también humillado, en lo que realmente valía, en lo intelectual, ocurría exactamente lo mismo.

A todo se acostumbra uno, en aquellos años me refugie en la lectura, fueron cientos los libros que leí, decenas las aventuras vividas con los libros de los cinco o los siete secretos, los mundos maravillosos y exóticos de Salgari con Sandokan, la ciencia ficción de Verne con esas aventuras futuristas, en muchos casos, ya conseguidas, como visitar la luna o sumergirnos en artefactos como el Nautilus. Fueron años en que los devoraba, que para mí no existían mejor regalo, que alguno de los libros que tenía en una larga lista, en esa libretita roja que siempre llevaba conmigo.

En una de esas etapas de mejora de mi madre, la estuve machacando día y noche hasta conseguir que me hiciera el carnet de la biblioteca del barrio. Ese momento fue un punto de inflexión importante en mi vida, descubrí un espacio mágico, del que hice mi refugio durante años, ese lugar cálido al que acudía, después de que la vida me azotara con una nueva tormenta metafórica.

En la biblioteca, encontré todo lo que necesitaba, un lugar dónde refugiarme, dónde poder encontrar todo con lo que satisfacer mis deseos de conocimiento y para remate la posibilidad de alargar este espacio, llevándome algunos libros a casa, sobre todo para los fines de semana, que hasta ese momento se me hacían eternos e insoportables, solo en casa, sin amigos, tragándome todo lo que ponía en televisión, me apeteciera o no, simplemente por el hecho de no tener una alternativa mejor.

El ser humano se vuelve acomodaticio, creo que es un sistema de defensa natural que nos hace sobrevivir, a mi manera a estas alturas de la vida era feliz, hacía lo que me apetecía, los insultos se habían aminorado, aunque a veces al oírlos me daban ganas de revolverme y contestar en más de una ocasión, ya que tenía razones para hacerlo, pero en el fondo era una manera de desestabilizarme y al menos en eso que estaba en mis manos, no estaba dispuesto a ceder y seguirles la corriente.

Recuerdo aquel verano después de cumplir los trece años, una mañana me levanté y todo parecia indicar que había crecido de una manera notaria y, por tanto, ya no me sentía tan obeso, fue una ilusión, un foco que de alguna manera me mostraba la esperanza y me indicaba el camino y, yo me agarré a ello como si de una tabla de salvamento en plena tempestad se tratara.

En septiembre al volver al colegio, era un auténtico desconocido para todos, había perdido veinte kilos y había crecido una decena de centímetros, era un joven muy diferente al que solo tres meses atrás abandonara estas mismas aulas, pero no se trata de un estirón simplemente, mi madre  ese verano  volvió a ser ingresado por  cuarenta y cinco días, yo tenía edad de responsabilizarme de alguna manera y cuando no la estaba cuidando, daba largos paseos, las últimas semanas ya eran carreras de más de media hora, dónde desfogaba energías, donde me relajaba de las largas horas pasadas en el hospital y me relevaba por la mala salud de mi madre.

Lo que no sabía, que con este amargo verano, estaba superando la prueba final, con ello llegaría a la meta de mis infortunios y con la llegada del nuevo curso, de la nueva estación, mi vida cambió radicalmente.

Al instituto llegaron algunos compañeros nuevos, ellos desde el primer momento me hicieron sentir muy cómodo a su lado y yo les ayude a mi manera a que conocieran las instalaciones, la forma de hacer las cosas, en definitiva el funcionamiento del centro. Con esto ya no era excluido en general y poco a poco, aquellos para los que durante años había sido una persona invisible, de golpe recobre la visibilidad, era como si durante todo este tiempo algún maleficio me había relegado al ostracismo y ahora por no sé qué conjuro, todo había vuelto a la normalidad.

Tan solo a esta nueva etapa de mi vida, había una voz interna que cuando me mostraba demasiado permisivo con el comportamiento de mis compañeros durante años, me gritaba

“Tonel, eres un tonel”

Ahora después de tanto tiempo, oigo claro esas voces, y lo que aún es peor, sé de qué gargantas procedían.

Algunos son muy buenos amigos míos, otros simplemente conocidos y debo de confesar que durante algún tiempo, me costó un gran esfuerzo hacer borrón y cuenta nueva, pero al final la razón impera al corazón, después este se vuelve olvidadizo y poco a poco esos gritos de “Tonel, eres un tonel”, se fueron desvaneciendo de mis pensamiento, para dejar paso a unas relaciones más maduras, más adultas, en las que  construir unas fuertes relaciones de futuro.

Al principio del otoño, mi madre tenía  de nuevo consulta en el hospital, durante las últimas semanas fue acribillada a pruebas de todo tipo, ese día ni la abuela Ana, ni yo mismo, aunque tube que faltar a mis clases, quisimos dejarla sola, salimos del hospital a paso ligero, dando saltos y gracias a los médicos en primer lugar, a todo el personal sanitario y si hay alguien dígase Dios, que controla el universo, por darnos esa segunda oportunidad, por  haber liberado a mi madre de esa maldita enfermedad, que la cirugía en un principio fue incapaz de resolver, pero que años después la química y las nuevos tratamientos, por fin habían sido capaz de erradicar.

En lo personal, con algo menos de los catorce años, media casi metro ochenta, aún me sobraba algún kilito, pero con ochenta kilos y toda las ganas de disfrutar de toda una vivida que me quedaba por delante y sobre todo junto a mi madre, que restablecida de su larga enfermedad parecía recobrar el color de sus mejillas y con ello el ánimo, las ganas de vivir de disfrutar y de comenzar una nueva vida juntos.

La biblioteca sigue siendo mi segunda casa, o la tercera, ya que el deporte llena también mi vida en estos momentos, bueno el deporte y una compañera de carreras que me incita y…

Si, a veces en esos días nostálgicos me vuelven a mi recuerdo aquellos día aciagos, en lo que era un solitario triste e invisible, un solitario que era muy visible por el exceso de peso.

Hoy veo las cosas con mucha claridad y a veces cuando la abuela Ana, me llena el plato de comida, protesto.

—Anda, que estas en pleno crecimiento hijo.

Entonces la cojo de la mano, se la beso y mentalmente la doy las gracias por haber sido una segunda madre para mí, mientras pienso. “Bueno, ya mañana, seré más comedido con la comida y así hoy haré feliz a la abuela”

Ella, desde la distancia me mira y sonríe, trato de adivinar su pensamiento y seguro que no andaré muy desencaminado.

Sé que lo soy todo para ellas, que en la casa no hay otros hombres, mi abuelo,  porque hace años que nos dejó, tras un ataque al corazón, mi padre…

Bueno de mi padre prefiero no hablar, hace años que no está en mi vida, que se limita a pasar  la manutención y a realizar alguna que otra llamada dos o tres veces al años.

Sí, la distancia no facilita la comunicación, los miles de kilómetros que nos separan es una buena excusa, pero soy consciente que otros, en las mismas circunstancias que nosotros, tienen  una comunicación más fluida, por lo medios de comunicación que hoy en día nos ofrece la tecnología y no es ese ni mucho menos nuestro caso.

Yo para mi padre, he sido una pesada carga durante mucho tiempo, ahora tiene su vida, su otra familia que vive con él y yo soy  un simple accidente del pasado en su existencia.

Mi vida ahora está llena de esperanza, estoy a punto de terminar mi carrera, me quiero dedicar a la investigación y creo que tengo muchas opciones, sobre todo la recomendación de algunos de mis profesores. En lo personal, soy un joven normal, con una familia que lo es todo para mí, un círculo de amigos que me hacen sentirme integrado y feliz y en este mismo circulo una persona, que colma mi felicidad, ¿se puede pedir más a la vida?

 

 

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