El chat

El chat

 

Mi nombre es Laura, soy una ocupada madre de familia, separada, con dos hijos a mi cargo, el chico con diecinueve años y que ya vuela casi siempre por su cuenta, y la niña adolescente en esa edad del pavo, que cada día sale como si de una veleta se tratara, hacía dónde indica el viento y lo peor de todo ello, es que lo hace con vehemencia. Si además os digo que su signo zodiacal es géminis, típica y tópica, os podréis hacer una idea de su carácter, pese a que yo personalmente pienso que estos de los horóscopos, sobre todo lo que aparecen en diarios y semanarios, poco tienen que ver con la realidad.

No sé, si en todos los casos ocurre lo mismo, si todas las madres al separarse, tienen que hacer las funciones de madre y padre, pero al menos en mi caso así fue.

No, no me quejo del comportamiento de mi ex, como padre es ejemplar, se preocupa en serio de sus hijos, no solo de pasar su pensión alimenticia, sino también del desarrollo personal de cada uno de ellos, pero a la hora de cerrar la puerta de mi casa por las noches, allí estoy yo con los problemas de cada día, mientras que él, salvo que reciba una llamada de urgencia, se encuentra tan tranquilo en su casa, con su otra familia.

Cuando somos padres, los hijos no vienen con un manual de instrucciones bajo el brazo y yo a veces, en esa soledad de las cuatro paredes de mi casa, me encuentro muy perdida y desorientada.

Hace poco, por fin di por terminada, esa fase difícil con Alex mi hijo mayor, lo de la niña me preocupa, es diferente, más retorcido todo, con el chico solo necesitaba mirarle a los ojos y descubrir lo que era verdad y mentira, pero Marian es distinta, es presumida, es…, muy suya en definitiva.

Todo esto de alguna manera va haciendo callo, con el tiempo te hace fuerte y sabes solventar estos pequeños inconvenientes de la vida, pero cuando menos lo esperas, te llevas el sofocón más grande de tu vida.

Marian, llevaba unas semanas muy apáticas, sin ganas de nada, cuando salía de casa, lo hacía temerosa, mirando a todos lados, como si temiera que alguien la siguiera, o la quisiera hacer daño. A sus catorce años, cuando estaba empezando a volar, a soltarse de cordón umbilical, era como si diera muchos pasos hacia atrás en su evolución personal, a veces pedía a su hermano que la acompañara a tal o cual sitio, o inesperadamente me ofrecía a mí, su enemiga número uno, planes de hacer cosas en común.

Al principio sorprendida, me lo tomaba con agrado, como una maduración inesperada, pero enseguida mi ilusión, como castillo de naipes, se fue al traste.

Cada vez la veía más asustadiza, mas solitaria, encerrada en su cuarto, sin ganas de salir a la calle, de compartir cosas con esas amigas que hasta hacía muy poco tiempo, eran inseparables, que volvía a casa de estar con ellas, y tenía mil cosas que compartir por redes sociales, ya fueras aplicaciones de móvil o bien el ordenador, y esto ya me empezó a inquietar.

La alarma realmente me saltó un lunes a primera hora, apenas me había sentado en mi mesa de trabajo, cuando recibí la llamada de Alex.

—Mamá, ya sé que no te guste que te llamemos al trabajo, pero a Marian no sé qué la ocurre, dice que está mala y no quiere ir al cole, pero creo que lo que no quiere es salir de casa.

—Pásame a tu hermana.

—Mamá, me duele la barriga, no tengo ganas de nada…

—Bueno, no te preocupes, prepárate una infusión, de esas que tomamos en nuestros días y si no puedes ir a primera hora, trata de ir después, pero no te hagas blanda, esto no te va a ayudar.

Era una manera complicada de comenzar la semana, pero cuando sobre las diez y media, recibí un whatsapp, de ella me quedé totalmente tranquila.

—Mamá salgo para el “insti”, me encuentro mejor.

Por unos minutos, me relajé y con la tranquilidad, vi todo con mucha más lucidez.

Ellos hasta las tres no salen de sus clases, yo tengo para comer de una a tres, aprovecharé, volveré a casa y en ese tiempo, mientras picaba cualquier cosa que me matara el hambre, buscaría en su cuarto cualquier indicio a su problema.

Hace años usaba un diario, pero no tenía la menor idea si seguía con él, o era cosa del pasado. No tarde en localizarlo, como imaginaba era cosa de niña, hacía al menos un par de años que no plasmaba nada en sus páginas.

Me tomé unos segundos para pensar, entonces se me encendió la luz, me senté ante su escritorio, y escrito de sus propia letra un nombre Jacob Black español.

De sobra era conocido por mí, lo mucho que le gustaba este chico, desde la serie de películas Crepúsculo, pero sobre todo lo de español, hizo que el estómago se me encogiera de pronto.

Encendí el ordenador, miré el historial de navegación, casi todo eran páginas de estudio, casi todo normal, excepto ese chat, que reiteradamente y casi de manera escrupulosamente puntual, entraba todas las noches a las diez y media.

Algo me decía que estaba cerca de saber el motivo de sus problemas, mire archivos fotográficos, nada que destacar, pero en descargas, si encontré algunas fotos algo más que atrevidas de alguien muy parecido al hombre lobo protagonista de estas películas, o tal vez fotos de el mismo, trabajadas y modificadas por Photoshop.

No, no es que sea muy espabilada, pero lo vi claro, estaba siendo cyber acosada, viendo las fotos atrevidas de él, tuve claro, que en algún momento Marian le habría enviado algo en la misma línea y tal vez, él buscando algo más y la estaba chantajeando.

En toda la tarde, no pude quitarme de la cabeza la historia, la daba mil vueltas para no llegar a lado alguno, mi cerebro era incapaz de encontrar luz en todo aquello, de ver un atisbo por pequeño que fuera, a la manera de resolverlo.

Marian después de cenar, se retiró a su cuarto como siempre, Alex se quedó unos minutos más en el salón y de una manera inesperada, e imprevista se me ocurrió la idea.

—Alex, creo que sé lo que le ocurre a tu hermana.

—Seguramente mamá, será algún chico, que no la hace caso, o que le guste más a alguna de sus amigas.

—No, creo que tiene algún problema con alguien en un chat de esos.

—Igual ha discutido con alguien, pero Marian aún…

—Nosotros la seguimos viendo como una niña, pero ella seguramente no está de acuerdo con nosotros. Entonces le conté lo que hice al mediodía, hasta dónde llegaron mis investigaciones y lo que descubrí e intuí.

—Entonces salió el hermano mayor y protector, se quedó callado por un momento, con ese gesto tan suyo, formando un triángulo con los dedos índices y pulgares de ambas manos y los labios apretados.

—¡Déjalo en mis manos!

Se levantó del sofá y tras dar unos golpecitos en la puerta del dormitorio de su hermana, estuvo algo más de media hora hablando con ella.

Cerca de las once, con una tila en las manos, oí como de nuevo se abría esa puerta que por minutos fue para mí como una cortina de acero y ambos salían del cuarto.

Yo los miraba con cara de incredulidad, cuando mi niña se tiró a mis brazos llorando y pidiendo perdón.

Nunca me enteré que estrategia siguió Alex, pero en pocos minutos consiguió la confesión de la hermana y la convenció para hacerme participe de ella. Yo tenía toda la razón, y ella abrió los ojos de golpe.

—Mamá quería fotos mías desnuda, yo no…

—Ahora eso es lo de menos Marian, que fotos le has enviado. Entonces nos llevó a su cuarto, abrió un archivo codificado como “trabajo de Natu” y mostró una veintena de fotos, las primeras al natural como es ella, sonriente, fresca, después alguna con algo de ropa más atrevida, pero dentro de lo aceptable, después alguna en sujetador, las últimas en ropa interior.

—Mamá, cuando me pidió fotos sin sujetador…, yo.

—Cariño, tranquila, ¿Lo has visto en persona, que te exige ahora?

—Si no le mando fotos completamente desnuda, publicará en mis redes sociales las que le he enviado, además quiere que quedemos un día, dice que sabe dónde vivo, y cuando entro y salgo de casa.

—¿Cuando hablas con él, normalmente?

—A las once y media, hoy tengo que decidir lo que hago, pero me da miedo mamá, no habla como mis amigos, además…

—¡Cómo va a hablar como vosotros cariño!, es un hombre mayor.

—¿Mayor, como tú?

—¿Quién sabe mi niña, pero tú tranquila?

Quedaban apenas diez minutos para las once y media, llamé a mi primo Luis, comisario de policía y le puse en antecedentes.

—¡Eso es muy grave Laura!

—Por eso te llamo, —respondí lacónicamente.

Cuando el reloj de pared del salón daba las once y media, estaba sentada ante el escritorio de mi hija, a su lado, diciéndole lo que debía responder siguiendo las instrucciones de mi primo.

—Mamá, no sería mejor que tú escribieras en lugar de Marian, —musitó Alex.

—No cariño, él se podría dar cuenta del engaño, mejor que ella se exprese siguiendo mis instrucciones y siguiendo lo indicado por el primo Luis.

El objetivo era claro, provocar una cita a la tarde siguiente con él, y así quedó concertado.

Me tomé el día libre en el trabajo, llamé a Alejandro, el padre de mis hijos y mientras tomábamos un café en la cocina, llegó la policía científica a hacerse cargo del ordenador, para poder seguir la Ip del interlocutor en el caso de que algo no saliera bien.

A las cuatro de la tarde, como gacela preparada para el sacrificio, llegaba Marian a la cafetería del centro comercial indicado, alrededor todo un operativo encubierto, la señora de limpieza, el de mantenimiento, el señor que en la mesa de al lado tomaba un café tras un periódico.

Mi marido y yo, desde un furgón cercano, lo estábamos observando todo a través de una docena de monitores.

Apenas Marian había pedido su refresco, apareció en escena un hombre con gorra dándole un aspecto más juvenil pero ya más bien metido en la cuarentena.

Diez minutos después tras pagar las consumiciones y con la excusa de hacer esas fotos desnuda se levantaron y se encaminaron a un hostal cercano.

La policía ya había sopesado que este sería el lugar escogido, dada la permisibilidad de la dueña y tenían un par de agentes en la habitación de al lado. Llegar a un entendimiento con la gerente del hostal fue fácil, debido a las muchas infracciones que la enumeraron sobre su establecimiento.

En recepción junto a la dueña, un agente camuflado de cliente, seguía con atención la evolución de los acontecimientos.

—Palomitos al nido, —dijo a través de un walkie talkie, a los compañeros de la habitación conjunta.

Desde los monitores nos centramos en las cámaras instaladas en la habitación que compartirían mi hija y ese depravado. Yo no quise mirar, todo debió ocurrir muy rápido, solo recuerdo una orden tajante.

—¡¡¡Ahora!!!

Instantes después un golpe derribaba la puerta de la habitación, segundos más tarde, salía él esposado, ya no llevaba la gorra, ahora parecía tener más de cincuenta años.

Salí del furgón y corrí a abrazar a mi hija que se quedaba en la habitación custodiada por una mujer policía.

La encontré muy entera, pero hecha un manojo de nervios, nos abrazamos y no nos soltamos, hasta encontrarse tranquila, después sollozo, pero era un sollozo de alegría, de alivio, era el final para un oscuro asunto, muy difícil de resolver para una niña de catorce años, pero que en manos de los adultos, es mucho más sencillo de solucionar.

 

 

 

 

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