El empollón

EL EMPOLLÓN

Mi nombre es Carlos y pese a llevar ejerciendo la enseñanza ya varias décadas, nunca me deja de sorprender, cada curso es una nueva muestra de ello.

Sí, cuando no es el curso propio, es el comentado por algún colega, en las reuniones de profesores, y eso aún alertados por el profesor que ha llevado esa clase en el curso anterior, cada año era un nuevo reto, una nueva afrenta, una forma diferente de afrontar los mismos problemas en función de las circunstancias.

Sí son muchas las batallas a las que he tenido que hacer frente, pero como la que me tocó librar hace dos cursos, ninguna.

Ese año me las prometía feliz, por primera vez en mi larga carrera, arrancaría con un curso nuevo, los niños de seis años que llegaban de otros centros.

Sí, niños de fuera, ya que de los tres cursos que había en primero, dos eran de la cantera propia, de nuestros preescolares, y uno, era el que se formaba con niños que proviniendo del barrio, eran procedentes de diferentes parvularios, muchas veces educados entre sus propios familiares, ya que la nueva ley de educación así lo permitía.

Era toda una aventura para mí, todo era virgen, no tenía ningún tipo de input, que me ayudara a saber cómo realmente tendría que afrontar este curso recién iniciado.

Al mismo tiempo me sentía observado, solo eran niño de seis años, pero al igual que todos ellos eran unos auténticos desconocidos para mí, ellos tampoco tenían ningún tipo de referencia de mí, salvo un par de ellos que tenían algún hermano mayor en el centro y seguramente que algo sobre mi forma de trabajar habían comentado.

Volver a manejar chavales por primera vez, he de reconocer que se había convertido en una verdadera odisea para mí, quedarme con sus caras, aprenderme sus nombres, en definitiva hacerme esos ficheros mentales, que al final de tanto tiempo en el mismo centro tenemos de casi todos los alumnos, aunque estos no hayan pasado por nuestra aula.

Así fue como conocí a Hugo, el niño de pelo rizado rubio, algo repelente y sabelotodo.

Ya el primer día de clase se hizo notar, se le veía educado, pero ante cualquier pregunta, no se limitaba a levantar la mano como cualquier otro niño, sino que saltaba para hacerse notar y así obligarme a que fijara la mirada en él.

Uno que esta endurecido con muchos años de docencia, a la tercera, trataba de mirar para otro sitio, pero tampoco eran tantos los niños que la levantaban, en alguna ocasión era Hugo el único y obviamente no me quedaba más remedio que concederle su turno de respuesta.

A lo largo de las primeras semanas, era el niño que más preguntaba, se ponía siempre en la primera fila, ya que tengo por norma, dejar que cada uno se acomode como quiera, salvo que esto sea perjudicial para el resto.

Enseguida noté mofas del resto hacia él, y dado que se producían a sus espaldas, él nunca se enteraba de nada, salvo que las risas fueran tan descaradas, que alteraran el orden lógico del transcurso de la clase.

Antes de Navidad, ya me percaté que los pupitres a ambos lados de él, solían estar vacíos, pero en el inmediata después de él en la fila, los más gamberros se peleaban por ocuparlo.

Una de las primeras medidas que tuve que tomar, si tratar de llamar la atención ni poner foco alguno sobre Hugo, fue el obligar en alguna ocasión al compañero de turno a dejar el pupitre tras el suyo, que lo dejara vacío y se sentarse en uno de los libres a alguno de sus lados, y así poder controlarlos mejor.

Por algunos momentos incluso a mí el niño me parecía repelente, su forma de hablar, el querer siempre ser el protagonista, pero si algo he aprendido en el trascurso de los años y de mi contactos con los niños en particular y con las personas en general, es aceptarlas tal y como son, ese fue mi lema con nuestro joven protagonista y la cosa no parecía ir más allá, hasta que un día de mediados de enero, me tocó vigilar el patio, entonces por primera vez fui consciente del aislamiento al que tenían sometido a Hugo. No es habitual este tipo de actitud, lo reconozco, pero a lo mejor el chaval también debía de esforzarse por interactuar con sus compañeros, por no ser tan repelente, por ser algo más modesto y dejar de querer tanto protagonista en todo momento.

Dos días después desde la ventana dela clase, observe como era motivo de empujones, por esos mismos que se rifaban la mesa de la clase situada a su espalda, incluso estando a punto de provocar un accidente y hacerle caer por las escaleras, esto ya me alarmó y como responsable de la clase, activé todas mis alarmas, siendo en la medida de lo posible mucho más celoso en esta vigilancia.

Lo siguiente fue observar como un compañero de ese pequeño grupo de cabecillas, le metía un afilado lápiz, por el costado, llegando a constatar, la cara de dolor del pequeño.

Ese día a la hora de salir, pedí a Hugo que se quedara unos minutos, le hice levantarse la ropa y así poder observar la marca del lanceramiento sufrido.

Esa noche no pude dormir, nuevamente estaba ocurriendo, y lo estaba haciendo delante de mis narices, yo andaba desorientando, sin saber qué hacer, como reaccionar, ni tan siquiera como plantearlo.

Así fue durante la vigilia nocturna, pero ya casi al alba, todo adquiere otra templanza y con este estado de gracia, lo vi claro, el proceder nítido, todos mis pasos a seguir y con esta visión, llegó el ansiado sueño, ese sueño profundo y reparado que por tres horas, me permitió el descanso necesario para afrontar la nueva jornada.

Llegué despejado al colegio, sabía que a esa hora ya estaría el director, sentado en la sala de profesores, repasando alguna cosa o tomándose un nuevo café, le saludé, me senté enfrente a él en la larga mesa y esperé tener su atención, en ese momento estábamos los dos solos.

—¿Qué pasa Carlos? —me dijo con desgana al tiempo que se quietaba las gruesas gafas de lectura y fijaba su mirada en mí.

—Tengo un problema en clase, un niño está siendo acosado.

—Eso es muy grave, máxime cuando son tan pequeños.

Entonces le puse en antecedentes, y le conté mi plan de acción, hablaría con los padres del niño, con los padres del niño que atacó con el lápiz y convocaríamos para esa misma semana al resto de padres para contarles lo acontecido.

Don Luis el director por su parte, esa misma mañana se pasó por clase antes del recreo y los dio una amena charla, fue muy gráfico en su razonamiento, los chavales se miraban unos a otros, de reojo miraban a Hugo, que ajeno a casi todo, no se sentía el protagonista de los hechos, simplemente uno más y se tomaba esto como una simple charla.

En ese primer recreo, ya se percibieron algunos cambios, tímidamente algunos niños se acercaron a hablar con él, Don Luis y yo los observábamos desde la sala de profesores y estábamos convencidos de haber encauzado correctamente el tema.

Más difícil fue el trato con los padres del niño acosador, “de raza le venía al galgo”.

El padre un cachalote de gimnasio, que el único músculo que no ejercitaba era el cerebro, la madre…

—Sí mi Pedro ha hecho algo a ese niño, ¿será por algo, no?

—A veces los niños no siguen la lógica de los mayores, pero entre los adultos muchas veces hacemos cosas que no tienen mucho sentido, ¿no le parece?

Entonces le hable de las veces que a su niño, le había tenido que poner en la primera fila, para que dejara en paz a Hugo y la clase se desarrollara con normalidad, la hable de ese día que le empujó subiendo las escaleras y que estuvo a punto de hacerle caer por las mismas, pero ella erre que erre.

Entonces don Luis, que estaba en su segundo plano en la sala de reuniones, tomo la palabra.

—Creo que no se dan cuenta que esto no es una discusión, tanto don Carlos como yo mismo, hemos comprobado estos hechos, hemos hablado con su hijo, y ha admitido que lo hace porque sí, por el placer de hacer daño, de meterse con débil, pero dada la postura que están adoptado, poco margen de maniobra nos dejan.

—Nos está amenazando, —salto en padre de manera provocadora.

—Aquí no se amenaza a nadie, aquí se siguen unos protocolos de actuación ante hechos consumados como son estos.

—Ni que mi hijo fuera un delincuente. —saltó la madre.

—De momento es solo un niño, pero ustedes siguen con esa actitud y con el tiempo ya veremos.

La madre soltó por su boca, insultos, provocaciones, amenazas, nosotros permanecimos impertérritos, cuando se calló, nuevamente don Luis, habló tranquila y pausadamente.

—Nosotros hemos hecho lo que debemos de hacer, de momento hemos convencido a los padres del otro niño para que no ponga una denuncia y dar así la posibilidad de arreglar las cosas entre nosotros, ahora márchense a casa, piénsenlo y hablen con su hijo. Esto es algo que puede quedar entra estas paredes, o dar parte al consejo escolar y a las autoridades, eso está en sus manos y en la actitud de su hijo en el futuro.

Salieron de la sala, ella con unos grandes aires de grandeza, como si alguien la hubiera humillado, el con la cabeza baja, pero antes de salir se paró unos segundos, volvió la cabeza y en un tono casi imperceptible nos die las gracias y se despidió, ella le miró desafiante, sin entender nada.

Pero mientras cruzaban el patio del colegio camino de la calle, oímos claramente al padre hablarle a ella en voz alta.

—A veces pienso que esa cabeza no te sirve para nada, sigue actuando así y verás cómo termina el niño, hoy en día las cosas son muy diferentes a como nos criamos nosotros. Entonces nos abríamos la cabeza entre nosotros y era cosa de niños, hoy un simple empujón y al niño le abren un expediente.

—No voy a permitir que mi hijo sea un niño débil.

—Piensa lo que dices, recuerda que nos vinimos del pueblo, porque queríamos una vida diferente para nuestro hijo, que saliéramos de ese bucle de delincuencia que termina con algunos miembros de nuestras familias en la cárcel, ¿es eso lo que quieres conseguir aquí para nuestro hijo?

—Yo no quiero un niño débil, del que los demás se rían.

—Pero no te das cuenta que es todo lo contrario, que nuestro hijo es el que se ríe de otros, lo hemos hablado muchas veces y siempre hemos estado de acuerdo, ¡Lo que no quieras para ti, no lo desees parta lo demás!, ¿qué te estas ocurriendo?, ¿cómo se te ocurre hablar así al maestro y al director del colegio del niño de esa manera?

La mujer algo confundida, agachó la cabeza, y respondió.

—No sé, igual me he ofuscado, tal vez…

—Creo que mañana, cuando acompañes al niño al colegio, debes de hablar con el maestro, y debes pedirle disculpas por tu actitud.

Los niños para estos cambios no tienen filtros, al día siguiente ya se notaban los cambios, solo en unas semanas estaba todo olvidado, pero de todo esto, yo saqué mis conclusiones, ante el acoso, tolerancia cero, y más desde los centros escolares, cuanto antes se actúe, antes se controla y no se deje que llegue a situaciones más graves.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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