La huerfanita

La huerfanita


No, la vida no siempre es justa, más bien todo lo contrario, incluso llegando a ser cruel, en muchos casos, sobre todo dependiendo de las personas y sobre todo de su entorno, esto puede ser decisivo, para marcar una personalidad, para hundirla, o para hacerla más fuerte.
Este es el caso que al que nos referimos hoy, un caso llamativo, pero que refleja claramente como el carácter de los individuos, marca claramente su reacción y su forma de ir superando estos obstáculos que la vida nos va poniendo o que por el contrario, nos sume sobre todo en una edad temprana, en un abismo, del que es complicado salir.
—Coral, —dijo su madre al verla por primera vez la carita.
Tras unos meses muy complicados y varios riesgos de pérdida, ante un embarazo de alto riesgo, al final la niña vino al mundo.
Su madre, Carmen en estos nueve meses justo, desde que supo del embarazo había vivido los momentos más extremos, en cuanto a todo aquello que la vida nos ofrece.
Carmen y Luis, llevaban tiempo intentando crear una familia, el un hombre sin familia, cuando conoció a Carmen, en ella encontró su compañera de vida, pero además una pequeña familia junto a su madre María, una mujer de mediana edad, pero fuerte y activa.
En un principio, se quisieron establecer en el pequeño pueblo donde la familia tenía una pequeña casa, dónde podrían convivir el nuevo matrimonio y la abuela. Todo parecía estar bien encaminado, hasta que el juego de la vida, de repente, rompió las normas, Luis, se quedó después de años de trabajar en una empresa en el pueblo de al lado, sin empleo, y esto motivo la necesidad de emprender una búsqueda de trabajo y dada la pronunciada y larga crisis que se arrastraba, desde meses atrás, para no alargar este estado indeseado de inactividad, después de hablarlo en familia, decidieron que si para encontrarlo, debían de salir de su zona de confort, tendrían que amoldarse, aunque esto no era para ellos lo más deseable.
En estas circunstancias, fue como Luis, tras varias entrevistas de trabajo, encontró una salida, como administrativo en las oficinas centrales de una multinacional, en la capital.
Vivir en el pueblo era incompatible con esto, Luis miró las cosas de cien maneras posibles, acudir al trabajo en vehículo privado, era inasumible económicamente, en trasporte público, imposible, no había medio posible para trasladarse del pueblo y llegar a trabajar a tiempo.
Solo cabía una opción, trasladarse a vivir a un pequeño apartamento en la ciudad y así, pese a la separación de la abuela María, poder vivir en esos tiempos complicados.
Fueron unos años muy difíciles, sobre todo los primeros meses, después la no llegada del deseado embarazo, se convirtió en angustiosa espera, pero al final llegó el día, Carmen se sentía rara, y ella desde la mañana siguiente, estuvo segura que estaba en cinta.
La falta de regla, en ese día puntual, que todos los meses llegaba incluso a la misma hora, fue la segunda confirmación, el predictor, no dejó lugar a duda y tras la primera visita al médico, la noticia corrió como la pólvora, era todo lo que necesitaban para ser felices.
Este fue el comienzo de ese año que todo lo cambiaría, ese año de dulces noticias y por otro lado las más amargas que se podrían tener.
No fue fácil, en varias ocasiones, Carmen tuvo que guardar riguroso reposo ante el riesgo de perder a su bebe, pero con tranquilidad, con cuidados médicos y mucha paciencia se superaron estos primeros problemas.
Al cabo de los nueve meses y como dije anteriormente, justo el mismo día que tuvieron la confirmación por parte del médico del embarazo, Luis recibía una llamada de su mujer.
—Luis, voy en un taxi camino del hospital, no me encuentro bien.
—Pero, ¿estás de parto?
—Creo que no, pero estoy muy rara.
Casi al mismo tiempo, ambos llegaron al hospital, no, no estaba de parto, pero Carmen, sabía que algo no iba bien y tenía toda la razón.
Se quedó ingresada, el azúcar en este estado avanzado del embarazo, se había disparado y necesitan tenerlo todo bajo control.
Luis volvió a su trabajo, pero no volvió a ver a su mujer, ni tampoco conocer a su hija tan deseada y querida.
Esa tarde al salir del trabajo, en un ceda al paso, fue atropellado por un coche, el conductor al parecer iba hablando por el móvil, pero además las pruebas posteriores, dieron positivo en algún tipo de drogas.
Carmen al conocer la noticia, se retorció del dolor provocado en su corazón y de este inmenso dolor, vino la niña al mundo.
Al ver la cara rosadita, tan llena de felicidad ajena al drama que en ese momento se estaba viviendo fue cuando dijo aquello.
—Coral, se llamará Coral, tiene la carita de ese color y en este momento es lo único que me da fuerzas para continuar adelante.
—Nuestro único motivo hija —agregó la abuela María, abrazada a su hija que a la vez mantenía en brazos a la pequeña Coral.

Los primeros años de la vida de la pequeña, fueron realmente muy felices, salvo por los primeros síntomas de la enfermedad de la abuela, una enfermedad reumática, con un final triste, postrada en cama y llena de dolores con el paso del tiempo.
Desde casi el primer momento, las dos mujeres tenían claro que ambas deseaban volver al pueblo, estar juntas, y organizar así su vida, pero los acontecimientos, las constantes visitas médicas de la abuela al hospital, retrasaban esta decisión, además de la falta de tiempo para organizarlo todo.
La pequeña Coral, desde que tiene uso de razón, tenía grabada a fuego en su memoria esta cantinela de su madre.
—Coral, cariño, la abuela cada vez irá necesitando más de nuestra ayuda, prométeme que me ayudarás a cuidarla.
—Sí mamá, claro que te ayudaré, no te preocupes, era la respuesta machacona de la niña.
Al cumplir los siete años, un nuevo mazazo sacudió a la pequeña familia, en una visita rutinaria al médico, Carmen que tenía alguna molestia en el vientre, fue diagnosticada de un cáncer de ovarios. A penas sobrevivió a la noticia un año.
De golpe en el mundo, se quedó la pequeña con una abuela enferma, casi
invalida, pero con mucha energía para hacerse cargo de la pequeña, y asumir definitivamente ese traslado de la niña al pueblo tantas veces postergado.
Aquí fue donde Coral inició una nueva lucha, es de reconocer que su llegada al pueblo, la hizo llena de dolor, de no entender nada, de tener a todo y a todos como enemigos, pero en el cole no se lo pusieron nada fácil, desde el primer momento, la llamaron la fina, se reían de ella, de su forma de peinarse, de vestir, ella no entendía nada, solo sabía hacer lo que su madre la había enseñado, a su lado nadie que la apoyara o la indicase otros modos de proceder, que la abuela María, que por otro lado…
En esos momento, en la cabeza de la pequeña Coral con sus nueve años recién cumplidos, la súplica de su madre resonaban, cada vez con más fuerza.
—Coral, cariño, la abuela cada vez irá necesitando más de nuestra ayuda, prométeme que me ayudarás a cuidarla.
Salvo que ahora estaba ella solita para hacerlo y lo que ocurría en el colegio, era algo secundario, algo que la preocupaba mucho menos que lo que tenía en casa.
La huerfanita, nunca supo por que los compañeros del colegio, no le dieron la más mínima oportunidad, ella antes nunca había tenido problemas de aceptación, es más ella era una líder nata, una niña propensa a ser popular y aquí…
A veces añoraba estar con sus amiguitos de la ciudad, sus antiguos compis, pero era fuerte de carácter y tenía muy claros sus objetivo, portarse bien en el cole, sacar buenas notas, pero sobre todo dedicarle todo el tiempo posible a su abuela y sus cuidados, y el sentir el vacío que el resto de los niños la hacían, era de alguna manera el menor de sus problemas.
Lo que no podía llegar a imaginarse, que esto solo sería el principio, que sin saberlo, y sobre todo por eludir enfrentamientos, se había convertido en el blanco de todas las miradas, en la parte más vulnerable y por tanto el objetivo lógico, de todos los ataques.
A veces cuando pensaba en sus amigos, en los muchos años que llevaban juntos, en la multitud de cosas que habían compartido, empatizaba con sus actuales compañeros, ella era una extraña, una recién llegada, aunque en su fuero interno, siempre pensaba que antes o después, se llegaría a sentir una más, entre todos ellos.
¡Que engañada vivía!, ¡que poco conocía las mentes de los niños de su propia edad!, tras el vacío, se convirtió en el objetivo de sus risas, de sus burlas, después, en pocas semanas, llegaron los empujones descarados, arrinconarla en el patio del colegio y meterse con ella, a la salida de clase, seguirla por las calles del pueblo, siendo motivo de burlas e insultos, el resto del pueblo, ajeno a todo parecía no darse cuenta, nadie veía nada, nadie oía nada, ¿era desidia?, o simplemente unos niños listos, que dedicaban toda su sabiduría a hacer daño a una niña, que no se lo merecía.
Coral, no obstante, con la idea fija en sus dos obsesiones, jamás se quejó, lejos de desatender a su abuela, o bajar las notas en el colegio, fue todo lo contrario, cada día se esmeraba más con la anciana, incluso ayudaba a alguna de las vecinas también mayores y solas que por desgracia tenían a sus seres allegados lejos de ellas, haciendo recados o cualquier otro menester que le encomendaran.
En clase su comportamiento era ejemplar, motivo de elogios de los profesores y esto acompañado a sus buena notas, enfurecía a algunos, que tenían gran ascendente sobre otros, con menos capacidad de raciocinio y si de seguidismo incondicional e irreflexivo.
La señorita Lola, apenas percibió algún cambio, sabía de la abnegada tarea con respecto a su abuela, pero que de pronto casi llegara tarde todos los días, siendo la última en llegar y a la salida, que lo hiciera como alma que se lleva el diablo, le hizo pensar y ponerse alerta.
Observó detenidamente el comportamiento de algunos, vigiló desde la distancia el periodo de recreo y no le entusiasmo mucho lo que vio.
Una tarde la obligó a quedarse unos minutos, alegando que necesitaba hablar con ella, después, tras terminar una conversación banal con la pequeña, la siguió en la distancia, y lo que observó no la pudo alarmar más.
A veces la encerraban en el centro de un corro y la empujaban como si de un pelele se tratara, otras le seguían y la obligaban a correr tratando de alejarse de ellos, mientras la gritaban insultos e improperios.
Después de pensar que hacer, lo tuvo claro, lo mejor sería hacer algunos grupos de trabajo, meter a la pequeña Coral con aquellos que la atacaban y así obligarlos a interrelacionarse, pensó que eran cosas normales de niños, problemas de adaptación, pero erró en el análisis. Esto sirvió para dar un paso más, los trabajos realizados en el grupo, eran excelentes, mucho mejor que otros, pero nada se había realizado en común, eran trabajos realizados por la pequeña huérfana, bajo amenazas y que lejos de enfrentarse a sus compañeros, prefería quitarse horas al sueño y trabajar por todos ellos, antes de tener enfrentamientos y persecuciones.
Entonces la señorita Lola, lo comentó con la directora, y decidieron tener una conversación con los padres de los cabecillas, esto empeoró las cosas.
—¡Todo estaba bien antes de que viniera esa forastera, chula! —Alegó una de las madres, coreada por otras tantas.
En ese momento de la conversación, la señorita Lola, con la cara amoratada y dispuesta a soltar lo más gordo, recibió un tirón de la mano por parte de la directoras, que hablándola en voz baja la tranquilizó.
—Tranquila, esto es cosa mía.
—Me parece vergonzoso, que ante una mala acción de vuestros hijos, esa sea vuestra respuesta.
Un murmullo siguió a este comentario de la directora, pero nadie habló, durante unos segundos.
—Bueno, —se atrevió a decir al final la que parecía llevar la voz cantante y madre de Carlitos, un niño que a sus nueve años parecía tener catorce siendo el brabucón de la clase. —Está por demostrar que nuestros hijos están acosando a esa.
De nuevo el apoyo de un grupo cada vez menos reducido que como comparsa, la seguía de manera incondicional.
—Está demostrado y comprobado, —aseveró la directora.
—¡Eso quien lo dice!
—Lo digo yo, que soy la directora y por tanto la autoridad aquí, veo que no solo tratáis de defender lo indefendible, sino que encima estáis alentando esta actitud, por lo tanto lo pondré en manos del consejo escolar, tenemos comprobados que niños son y lo que han hecho, el psicólogo ya ha hablado con ellos y han admitido su comportamiento, no obstante visto lo visto aquí, el problemas no es de los niños, sino de los adultos.
La madre de Carlitos hizo una nueva intentona de contestar, pero al observar que sus seguidoras se habían apartado disimuladamente de ella, calló, pero sin embargo las miradas que lanzó a sus compañeras de soberbia y a la directora y la señorita Lola, llena de ira, la volvieron a delatar.
—Tenéis quince días para reinvertir esta situación, si trascurridos los mismos no hay resultados, los niños que han tenido estos comportamientos, serán expulsados temporalmente y se les abrirá un expediente, en caso de continuar después de esto, con el acoso, serán expulsados definitivamente y como sabéis aquí en el pueblo no hay otra opción, con lo que…
—¿Quiere eso decir, que es posible que nuestros hijos tengan que marchase al colegio a otro pueblo.
—Obviamente los pasos a seguir están muy claros, antes un acoso tan considerable y demostrado como este, la ley es inflexible, y las opciones en un pueblo como este, son las que son, pero yo en definitiva, me preocuparía mucho más, por el posible expediente.
—¿Qué podemos hacer? —preguntó preocupada una de las madres que hasta ese momento se había mostrado mucho más conciliadora.
—Eso es una responsabilidad vuestra, yo os aconsejo hablar con vuestros hijos, tratar de llevároslos a vuestro propio terreno y así conocer por vuestros propios medios, la auténtica verdad.
En pocas horas, en todo el pueblo se supieron los nombres del cabecilla, Carlitos, de sus tres amiguetes, así como de otros muchos que habían actuado bajo amenazas, en la mayoría de los caso.
Solo hicieron falta unos días para que Carlitos fuera el niño al que le hacían el vacío los demás, pero lejos de enquistarse la situación, fue Coral la niña que se acercó a él, la que le hizo compañía, y al cabo de las dos semanas marcadas por la directora, todo había cambiado.
Coral era una más, pero en el pueblo, la madre de Carlitos, dejo de ser el gallito del corral que hasta entonces había sido, sus acólitas, se apartaron de ella, y ahora es a ella como mujer adulta y responsable la que le toca reflexionar sobre su actitud.
Pero, ¿qué hubiera sucedido, si la maestra de la pequeña huerfanita no hubiera sido tan celosa en su trabajo, como la señorita Lola?

 

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