El gitanillo

El gitanillo.

Eran las ocho de la mañana, Quini dormía profunda y relajadamente en su nueva habitación. A sus nueve años, era la primera vez que tenía un espacio para él solo, antes era algo compartido con sus padres y sin privacidad alguna con el resto de la familia, en aquel poblado del que no quería recordar ni el nombre.

Su madre, con caricias primero, y un juego de cosquillas después, trataba de que reaccionara.

—¡Vamos dormilón!, es hora de levantarse.

—Tengo sueño, ¿no me puedo quedarme un ratito más?

—Sabes que hoy no puede ser, es el primer día de colegio, y no nos podemos permitir llegar tarde.

—Pero si el cole está aquí al lado —, señaló el joven dando por hecho que tan solo se trataba de tomar su Colacao con alguna madalena y salir corriendo.

—Es el primer día y tenemos que dar una buena impresión.

El pequeño Joaquín no entendía nada, ese día su madre lo metió bajo la ducha como tantas veces, pero se esmeró en restregarle tras las orejas, como nunca antes lo había hecho, con su pelo lacio hizo mil pruebas, tratando de ocultar ese remolino, rebelde, hasta por primera vez, uso algo de espuma fijadora de esa, dándole un aspecto desenfadado, pero muy moderno con una especia de pelo de punta, que al mirarse en el espejo del nuevo cuarto de baño, al niño le pareció demasiado llamativo, pero que indiscutiblemente le gustó.

En vez del atuendo que usaba diariamente, su madre le puso otro recién comprado, al que hubo que quitar las etiquetas de un gran centro comercial próximo a la nueva vivienda.

—Mamá, que voy al cole, no de fiesta.

Después ella misma, se vistió con esmero, se recogió el cabello en una cola de caballo y tratando de evitar los tópicos de su etnia, de la mano de Quini, media hora antes de las diez, ya estaba a las puertas del centro de enseñanza.

—Os presento a Joaquín Jiménez –dijo don Luis nada más entrar en la clase de la mano del pequeño, tras una breve charla con su madre.

—Joaquín es vuestro nuevo compañero, acaba de llegar al barrio con sus padres. —explicó escuetamente, al tiempo que indicaba a Quini que tomara posesión de un pupitre libre en la primera fila.

En el recreo casi todos los niños se le acercaron, le invitaron a participar en sus juegos y el pequeño al llegar a casa, lo hizo saltando y un gesto de felicidad en su rostro, que tranquilizo a Loles, su preocupada madre.

Al ver la cara de su hijo, tuvo la sensación de haber dejado atrás muchas cosas, y en este caso no se refería a lo material, ni a lo físico, ya que en la caseta familia, en aquel poblado chabolista, marginal, lleno de suciedad, dónde tanto frio y calor, tantas inmundicias y sin sabores había pasado. Pero ella lo tenía muy claro y aunque su marido Manuel, no tenía el empuje ni la energía de ella, estaban decididos, a sus hijos darle una vida algo mejor, de la que ellos habían tenido.

Esto no fue así en mucho tiempo, pero la vida es cruel, e implacable y en los últimos meses, el José el hermano mayor de Manuel, había ido a parar con los huesos en la cárcel por un sucio asunto de robos de coches, y el pequeño, el Quinillo como todos le llamaban, un chico alegre y lleno de bondad, un sobredosis se lo llevó.

—Manuel, tenemos que alejarnos de aquí, esto no es lo que yo quiero para nuestros hijos, ¡tenemos que hacer algo!

El en un principio guardaba silencio, su madre viuda desde que su padre murió en un accidente de coche, aunque en el poblado se decía que alguien le atropelló adrede, desde ese instante se propuso mantener a toda la familia unida, todos bajo su mismo techo, aunque este fuera un colador de goteras en invierno y un invernadero en verano que apenas les permitía mantenerse durante las horas más fresca de la noche bajo él.

—¡Manuel tenemos que tomar una decisión!, —insistía la Loles de manera machacona.

Cuando Manuel, consideró que había pasado un tiempo prudencial desde lo acontecido con sus hermanos, reclamó un día la atención, de su madre, su hermana, la Carmen y su cuñada Dolores y sin muchos circunloquios, las puso en antecedentes de la intención de marcharte de allí con su familia.

—¿Tú también me abandonas hijo? —fue la lapidaria pregunta de la madre.

—Madre, yo no la abandono, no me iré muy lejos, pero entiéndalo, ni Loles ni yo, queremos esto para nuestros retoños.

—¿Dónde vais a ir?, ¡crees que fuera de aquí para unos gitanos las cosas pueden ser de otra manera!, ¡Eres gitano dónde quiera que vayas!, y si hay que culpar a alguien de alguna cosa, ese serás tú, seas culpable o inocente, aquí al menos tienes la protección de los tuyos, pero…

Manuel contaba con algo así, y tenía muy claro que ante decisión, tomada con tiempo y mucha meditación, debía de ser inflexible.

—Madre, la decisión está tomada, en la manera de lo posible, en lo económico seguiré ocupándome de la familia, pero tiene que entender que si a mis veintiochos años no tomo esta decisión, cuando tenga los cuarenta, ya será demasiado tarde, para mí, pero sobre todo para ellos —añadió haciendo un gesto con la cabeza en dirección al pequeño Quini y la recién nacida María.

Lo que Manuel desconocía en aquel momento, que su mujer al enterarse de que nuevamente estaba en cinta, se había puesto en contacto con un cura que le habían recomendado, este a la vez gestionaba una ONG y entre sus proyectos estaba la apertura de unos restaurantes de cara al público, pero con un fuerte contenido social, cuyo funcionamiento no vienen al cuento, pero que seguramente todos habéis oído hablar de ellos.

El sacerdote, se preocupó y se ocupó durante un tiempo de esta familia, hizo gestiones, llenó montones de instancias en su nombre y cuando Loles volvió a hablar con él, después de unos meses, todo estaba a punto.

—Loles tenemos buenas noticias, pero os tenéis que comprometer en matricular al niño en el colegio y que vaya todos los días, he conseguido una pequeña vivienda social, de promoción pública, tendréis que pagar un alquiler, vuestro consumo de agua, de luz, y sobre todo adaptaros a un tipo de vida convencional. ¿Seréis capaces de hacerlo?

—Padre, por nuestros hijos lo que haga falta, pero ¿de dónde vamos a sacar para esos gastos? Mi marido…

—He hablado con un amigo, somos socios y vamos a abrir un nuevo restaurante, seguro que tu marido en él, ya sea en la cocina o de camarero, podrá hacer algo.

—Manuel ha sido camarero durante muchos verano en la costa antes de conocerme a mí, de echo fue allí en Almería un verano, cuando nos conocimos y desde entonces no nos hemos separado.

—Pues tema resuelto.

Loles solo tuvo que poner las cartas boca arriba a su marido y a primeros de septiembre, tras un verano abrasador, bajo las chapas metálicas y de uralita bajo la que convivía la familia, una mañana tomaron rumbo al barrió de las afueras dónde les había adjudicado la vivienda.

Del poblado apenas un par de maletas acarrearon, pero con unos cientos de euros en el bolsillo, algunos muebles de segunda mano regalados por mediación del cura, iniciaron una nueva vida llena de ilusión y esperanza.

 

Tras este primer día Loles respiró tranquila, todo parecía salir incluso mejor de lo esperado, pero la vida complica las cosas y las retuerce de la manera más inesperada.

Cuando el José hermano mayor de Manuel salió de la cárcel, fue tal la alegría de la familia que decidieron celebrarlo en una tasca a medio camino del poblado, regentada por unos parientes lejanos. Allí la familia disfrutó como nunca, todo era felicidad, hasta hablaron de contactar con el sacerdote, para procurar una vida más confortable al resto de la familia, pero ese fue el momento clave, para que las cosas en el colegio, al pequeño Joaquín se le complicaran.

En medio de la fiesta fue a parar circunstancialmente un compañero de clase, alguien con quien el pequeño Quini, apenas había tenido relación, pero que al mismo tiempo, a pesar de su corta edad, no era de corazón muy limpio y de ideas más bien retorcidas.

Al ver a su nuevo compañero de clase allí, disfrutando con su familia, evidenciando cuál era su etnia, inmerso entre los suyos, entre canticos, bailes y celebración, estableció una estratagema a seguir.

Él no era muy popular en el colegio, pero sí que tenía un par de acólitos.

Durante algunos días, unas pocas semanas, el pequeño Quini, sufrió una campaña de acoso y derribo, empujones cuando nadie observaba, zancadillas; el pequeño se lo tomó con filosofía, sabía perfectamente que era capaz de controlarlo, venia de un sitio, donde más difícil se lo había puesto y había sido una auténtica escuela de aprendizaje.

Un día cruzaron la frontera de lo admisible y le robaron un cinturón que le había regalado antes de su muerte su tío Joaquín, eso encendió todas las alarmas en el pequeño y le obligó a establecer su estratagema.

No le dio importancia al hecho, pero el primer día que vio a uno de ellos con su cinturón, lo acechó, lo siguió y cuando lo pilló a solas, lo acorraló, no hicieron falta amenazas, no tuvo que violentar la situación, solo y de una manera serena, cuando lo tenía contra el suelo, y una vez recuperado su cinturón, le habló alto y claro.

—Juntos podréis conmigo, pero cualquier cosa que me hagáis en el futuro, antes o después os pillaré a solas y por supuesto no seré tan benévolo como lo estoy siendo hoy.

Aun así, tuvo algún que otro episodio menor, debió de llamar la atención una tarde al otro amigote, pero hasta que no se enfrentó al cabecilla, los problemas no cejaron.

Se encontró uno de sus libros, llenos de tachaduras, no le cupo la menor idea de quién era el responsable, al día siguiente, cuando llegó al colegio, llevaba toda la estrategia bien preparada, no había lugar a errores, y así lo llevó a cabo.

El cuanto el macarra, entro al servicio, lo siguió, en el bolsillo un bote de pintura en espray, lo arrinconó en el interior de una de las cabinas y le pintó el pelo con él, era de un verde pistacho, más que llamativo.

Ese día no lo volvió a ver, desapareció del colegio, sin que nadie se explicara el motivo de su ausencia.

Al volver a clase dos días después, cuando se cruzaron sus miradas, echaban chispas, pero Quini le mantuvo la mirada como si de un duelo se tratará. Retándole a que hiciera algún nuevo movimiento y se las tendría que ver de nuevo con él.

Ni que decir tiene, que este grandullón, volvió al colegio con la cabeza rapada al cero y a partir de ese día, nada fue igual, el pequeño Joaquín era un chico aplicado, inteligente, y ganaba popularidad sin apenas pretenderlo, los profesores le marcaban como ejemplo, era probablemente el niño más pulcro en su higiene personal y en su ropa, pero ya que él, por su talante no estaba al alcance de los acosadores, estos, se fijaron en otro compañero.

En cuanto Quini se percató de su nueva fechoría, tuvo que salir como valedor del otro niño, en esta ocasión, fue directo a por el matón, le siguió a la salida del colegio, lo acechó y al girar una esquina, ajenos a miradas indiscretas, lo cogió por el pecho, se echó mano al bolsillo y sacó un bote de color fucsia de pintura en espray de uno de sus bolsillos.

No hizo falta hacer uso de él, mientras le sujetaba con la mano izquierda por la ropa, el grandullón, ante lo que se le venía encima, se hizo pis.

Quini, se puso a reír como un descosido, mientras le soltaba y se alejaba un par de pasos.

—Con esto es suficiente por hoy, pero sí de cara al futuro, tú, o alguno de tus amigotes se atreve a meterse con otro niño, por cualquier motivo, para reíros a su costa, yo reiré el último y tal como lo hago ahora, mucho más fuerte.

A veces, las cosas son más sencillas o simples de lo que se puede imaginar, solo se necesita una pequeña capacidad de gestión, de saber lo se quiere, y pensar un poco en cómo llevarlo a cabo.

Aquí no hizo falta de la intervención de los mayores, aquí todo fue un juego de niños, como el grandullón justificara en casa la pintura en el pelo o llegar a casa habiéndose hecho pis encima, no lo sabemos, pero que sufrió su medicina en carne propia, de eso no hay duda alguna.

Hoy años después de estos sucesos, el grandullón y Quini son amigos, a veces hablan de aquellos tiempos y se ríen, lo hacen juntos. ¿Pero hubiera sido lo mismo, si Joaquín hubiera actuado de otra manera?

 

 

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