El feo

El feo


Sí, desde que tengo uso de razón, ese es mi apodo, durante mucho tiempo no comprendí nada, no era algo que entrara dentro de mi compresión, pero a los cinco años, todo ya era diferente, a mí me rechazaban los otros niños, y yo no lo entendía.
En el barrio había un niño cojito y todos le teníamos lastima y le ayudábamos en todo lo posible, ¿por qué a mí me repudiaban?, ¿qué les había hecho yo?, ¿por qué se portaban así conmigo?
Pronto aprendí a hacer callo con todo esto, pese a no comprenderlo, toda mi vida he sido una persona relativamente feliz, solo, sin amigos, con el cariño de mi familia y los míos, pero asumiendo soledades, aislamiento social incomprensión desde muy temprana edad.
Soy Alfredo, un adulto en esa edad indefinible entre los treinta y los cuarenta, y siendo bebe, mi mandíbula se desarrolló de una manera anormal, un quiste me deformo el lado izquierdo de la cara y esto era motivo de llamada de atención para los otros niños, que me rehuían incluso lloraban ante mi presencia, haciéndome difícil de ver, desde el punto de vista de una persona adulta, tal y como soy hoy en día.
Mi infancia y juventud, estuvo cargada con una larga e interminable agendas de visitas al médico, especialistas de pago, programas de estudios novedosos sobre el tema, y cada nueva visita una decepción más grande, cada especialista que conocíamos una nueva expectativa, para al final, todo quedar en los mismos términos que en un principio, al acercarme a la mayoría de edad, lo fui viendo con una absoluta claridad.
Mis dieciocho años fue una gran fiesta, no faltó nadie, afortunadamente aún vivían mis cuatro abuelos, y ese día por primera vez me sentí alguien muy especial.
Al final de la fiesta, después de repartir la tarta, me hice oír.
─¡Hoy ya soy mayor de edad! ¡Hoy tomo las riendas de mi vida!
Todos me miraron, no entendían nada, pero sabían que solo era el principio, que en ese momento iba a soltar algo muy contenido durante tiempo.
Mi madre bajo la cabeza, mi padre la levantó orgulloso.
─Se acabó, ya no seré más un conejito de indias, soy así y nadie, ni nada lo va a cambiar, lo tengo que asumir, aceptarme tal como soy y seguir con mi vida con la más absoluta normalidad.
Mi madre salió corriendo de la sala, tras de ella mi abuela Nati, mi abuela Maria me cogió de las manos y me las besó, los hombres me palmearon la espalda, fue como una iniciación, como una bienvenida al club de los adultos, como si en ese momento con esa decisión pasara a formar parte de club de los adultos.
Aquí terminó mi tormento, aquí establecí las bases de mi vida por los siguientes veinte años, pero lo ocurrido hasta llegar allí solo yo lo sé, solo yo lo he vivido y padecido, pero con el transcurso de los años, me resulta casi tan doloroso, el acoso y derribo sufrido por mis compañeros en clase, que el vivido en las asépticas salas de médicos, en las interminables horas transcurridas en las salas de espera, eso fue quitarme la ilusión que todo niño tiene, lo otros mi lucha y soledad diaria.
Siendo apenas un niño de ocho años dejé de ser Alfredo el feo para pasar a ser reconocido como Franklin, está bien que no fuera un chaval popular, pero tanta discriminación tanto aislamiento, tanta mierda como si fuera un leproso que los iba a pegar algo, lo veía desmesurado.
Ese año nos tocaba hacer la comunión, llevábamos ya dos largos años preparándonos con la catequesis, pero mi madre se quedó a cuadros cuando una tarde, llegue a casa con la decisión tomada.
─!Mamá, no quiero hacer la primera comunión!
En un principio se lo tomo como una rabieta de niño pequeño, pero con el transcurso de los días, se fue convenciendo que era algo meditado y decidido.
Habló con los catequistas, con la familia, de nadie obtuvo apoyos.
─Sí es lo que quiere el niño, por mi parte estoy de acuerdo, escuché a mi padre decir en voz baja en la cocina, mientras pensaban que yo hacia los deberes en mi cuarto, eso me dio más fuerza y confianza en mí, ellos no sabían que yo había escuchado esta conversación, como tampoco conocieron nunca mis motivos, pero que sí quiero compartir aquí por primera vez.
Ese día en la catequesis, teníamos que emparejarnos, como lo haríamos en la fila por el pasillo central a tomar la comunión.
Me quedé solo, y éramos pares, el niño que quedaba suelto ese día de golpe salió corriendo justificando que se encontraba indispuesto, pero sé que no era el caso, yo lo sé porque si bien no soy agradable a la vista, tengo un oído fantástico, que me ha hecho dado grandes satisfacciones en lo personal, pero escuchar cosas que cuando eres un niño, duelen, duelen por crueles, porque no entiendes nada, porque te hacen sentir un…
─Jo tíos, me habéis dejado solo con ese, no podía hacer otra cosa.
─Es un marrón para todos, además luego las fotos, ¿qué podemos hacer, para que no esté?
Desde el principio tras escuchar estas frases tuve claro que de no tomar esa decisión, algo me podría ocurrir, desde encontrarme con una pierna rota, hasta algo de calibre más grueso.
Ese día, por primera vez en mi corta existencia tome consciencia de que no solo era alguien rechazado, aislado por el resto, sino que además era un peligro para mí mismo, por algo que yo jamás había decidido. Por algo que me llegó a mí, pero que podría haberle ocurrido a cualquiera, ¿hubiera sido yo tan poco generoso como ellos?, si ese hubiera sido el caso.
Aprendí muchas cosas y muy rápido, a vivir conmigo, con mis fantasías, creándome un submundo en el que no estaba solo, un submundo lleno de imaginación, de libros, y mi música, mi gran desahogo y hoy en día mí sustento.
Ese mismo año a pesar de decidir no hacer la comunión, mis abuelos me compraron un teclado, y me pagaron unas primeras clases de música, mi oído era algo prodigioso, así lo anunció mi profesor a mis padres a los pocos días.
En poco tiempo ya había realizado mis primeras creaciones, eran sencillas, pero limpias y con sentimientos.
─Alfredo, la música es lo tuyo no lo dudes, me repitió el Sr. Alcoy, muchas veces durante sus clases.
Las clases de música me encantaban, llenaban todo en mi vida, pero lo mejor es que mi profesor era ciego y pese a conocer mi malformación facial, su trato conmigo era absolutamente normal y eso me hacía sentirme totalmente yo en este mundo que me rechazaba y me aislaba.
El día de mi cumpleaños, fue cuando recibí mi gran sorpresa y tras comunicarles mi decisión, para estrenar mi regalo, un magnifico piano, les brinde mi primer concierto, un concierto de corte clásico, lleno de piezas tradicionales, que fue muy ovacionado por la familia.
Después de esto, fueron muchas las composiciones propias, pero no fue nada fácil el camino, hasta ver mi primera composición en un anuncio publicitario de un conocidísimo perfume.
Para entonces, enormes archivos sonoros llenaban mi ordenador, ordenados meticulosamente por sus títulos y un libro de registro donde poder buscar de una manera ordenada.
Fue un no parar, era rara la semana que no firmaba un contrato, algunos de los mejores grupos musicales y solistas del panorama nacional me solicitaban melodías, pero esto solo me daba prestigio y por mis características físicas, a nivel personal no me ayudaba a pesar de ir creándome un nombre en la música.
No recuerdo muy bien como vino lo de la agencia, creo que un amigo de mi padre en una cena, escuchó algo de mi música, desde el salón. Yo cada vez me aislaba más socialmente, estos eventos no me interesaban, pero ellos tenían que seguir con sus vidas. Y yo sufrir en silencio la mía, siendo consecuente con mi temprana decisión de no continuar con ese martirio incesante que supuso durante muchos años, mi enfermedad y el paso por despachos médicos.
Sí, un socio suyo en otros negocios buscaba músicas originales para webs corporativas, a veces bajo demanda, esa misma noche salió de casa con un buen número de muestras.
Al día siguiente, recibí la llamada de esta empresa y la primera propuesta de contrato, la agencia me contrató en exclusiva, ya no solo era un hombre en el mundo de la música, también me llegó la fama y el dinero, aún no había cumplido los treinta años.
Durante estos últimos años, he pensado mil veces, volver a consultar con algún especialista, la medicina ha cambiado mucho, hoy en cirugía se hacen maravillas, y lo mío al fin y al cabo no puede ser un caso aislado, pero salir de mi zona de confort, es lo que más ha pesado y los meses fueron pasando, yo encerrado en mi estudio, creando, siendo feliz a mi manera, hasta que el destino lo cambio nuevamente todo y es que a veces, por mucho que nos empeñemos en controlar cada faceta de nuestras vidas, esta sigue su camino.
Hace unos meses, un nuevo cliente se interesó por mi música, pero quería algo original, algo bajo demanda, y para eso me quería conocer personalmente.
Rechacé la oferta unas cuantas veces, pero al final me dejé convencer, o tal vez fueron nuevamente las fuerzas del destino, las que me arrastraron a aceptarlo.
La noche antes no dormí, a mi difícil mal ver se sumaron unas ojeras llamativas, pero a ella, a Andrea mi cliente eso no le pareció importar, una mujer cercana a los cuarenta, atractiva, bien cuidado y que en todo momento me miraba fijamente a los ojos.
Tuvimos varias comidas para cerrar flecos, siempre en restringidos reservados, para que me sintiera cómodo. El último día tras visionar el resultado final, tuvimos una cena, una cena íntima, Andrea y yo solos, de eso hace algo más de un año, esa noche ya no dormí solo, y desde entonces no nos hemos separado, ahora después de nacer nuestra pequeña Franchesca, otro guiño de la vida, fuimos a ver un especialista. Esta noche tampoco he podido dormir, en una horas pasaré por el quirófano; para el cirujano, dice que es algo sin complicaciones, “un poco más que una operación de estética”, señalaba, yo voy confiado, pero antes de pasar por este trance, os querido contar la historia “del Feo” una historia en la que entran muchos calificativos, mucha soledad, mucho dolor, pero el final es lo que importa y hoy soy muy, muy feliz.

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