Andresito el gafotas

Andresito el gafotas

Vistas las cosas desde la lejanía del tiempo, todo se    difumina, nada tiene la misma transcendencia con la que se vivió en ese momento crítico de la vida, pero lo cierto es que nuestro carácter, nuestra forma de ser, sí que se ha forjado por aquellas vivencias, por las que transitamos durante la niñez.

Andresito era un niño, un tanto apocado, no era muy social y por supuesto no gozaba de mucha popularidad, entre los niños del barrio.

Pero al fin y al cabo, tampoco era un apestado, hacía un tipo de vida casi normal con el resto de los niños, a veces se quedaba abstraído en su propio mundo, en lugar de compartir juegos con el resto de chicos, eso ya de por sí, le había dado una cierta fama de niño raro, pero no por ello lo apartaban, o dejaban de contar con él para juegos, paseos o cualquier otra actividad que se planease.

Hasta los nueve años todo fue normal, el día de la primera comunión lo disfrutó como el que más, el barrio en el que vivía, era un barrio, dónde todos se conocían y un día tan transcendental en la vida de cualquier niño por aquel entonces, se vivió como una gran fiesta, y como además las familias eran todas conocidas, la celebración fue en común en los salones parroquiales, en aquella época no era como lo es ahora, la economía no daba para grandes festines en restaurantes, dónde cada cubierto se paga a precio de oro, por el mero hecho de que es una comunión, que cada vez se asemeja más a una boda, sobre todo  con la estatura de los niños, que cuando los ves en fila camino de tomar el sacramento, te encuentras algún niño con un incipiente bigote, o alguna niña, a la que conseguirla el traje de comunión, ha sido algo más complicado por su gran estatura.

Volviendo al festejo, el último que Andresito recordará con cariño, una fiesta en que todos sus amigos del barrio, juntos con los familiares, fueron solo uno, y él se sentía uno más en el grupo de niños y niñas.

Poco después, comenzó su calvario, todos los niños habían dado un fuerte estirón, pero el parecía resistirse, no crecía como los demás y además se estabas convirtiendo en un niño gordito.

Poco  después, por consejo de don Mariano, el profe, la madre de Andresito lo llevó al oculista, efectivamente el niño necesitaba gafas y aquí estuvo el punto de inflexión en su relación con los demás.

Cierto es que cada vez más por sus características personales, el niño participaba menos en algunas actividades físicas, a esto se le sumaba el tema de las gafas, pero aun así, se esforzaba y alguna que otra vez era un niño más en esos juegos, muchas veces inventados o improvisados, en los que se les veía corretear por el barrio o en el descampado.

En uno de esos juegos, las gafas de Andresito, fueron a parar al suelo, y un niño sin darse cuenta las pisó, el problema no hubiera pasado de eso, un simple incidente, pero María la mamá de Andrés, no supo gestionarlo con fineza.

Nada más llegar el niño a la casa, y contar a su madre el percance, lo cogió de una mano, en la otra las mutiladas gafas y se plantó en casa del otro niño.

─Tú hijo ha pisado las gafas del mío y las ha roto, ¡te tienes que hacer cargo del arreglo!

─Pero ¿lo ha hecho  adrede, o ha sido sin querer?

─A mí eso me da igual, quien rompe paga y yo no estoy dispuesta a correr con la compostura, siendo tu hijo el culpable.

Cierto es, que María no pudo gestionar peor el incidente, obviamente nadie pagó la compostura de las gafas de Andresito, pero las consecuencias, no pudieron ser peores para el niño, al menos a nivel social y afectivo.

Entre los otros niños, corrió como la espuma, la manera de proceder de María, y de una manera u otra, las mamás en general fueron aconsejando a los otros niños, que se cuidaran de jugar de con Andresito, era un niño con gafas y al menor percance, podían tener problemas con su madre, y esto era algo que debían tratar de evitar.

No, no fue un acoso y derribo, solo un distanciamiento, cada vez se fueron olvidando más de contar con él; el niño por su parte, día tras día se fue metiendo en su mundo, en un mundo imaginario, lleno de sentido, de vivencias, pero en soledad y cuando quisieron mirar para atrás Andresito era un niño solitario, sin amigos, sin nadie con quien jugar, hacer los deberes o ir al cine los fines de semana.

El niño se refugiaba en sus libros, en sus visitas a la biblioteca, en leer mucho sobre casi todo, y en especial le apasionaba todo lo relacionado con Egipto y su cultura.

Andrés se construyó su mundo, su cuarto, la biblioteca, los largos paseos por las calles del barrio y sus silencios, pero todo quedaba cerrado con una simple frase.

“Andresito es un niño muy callado, buen estudiante y nada problemático”

Nadie, ni siquiera en su casa, se daban cuenta del auténtico drama del niño, su soledad, su aislamiento de todos y todo.

Su estirón le llegó a los catorce años, eso ayudado de que era un niño que le encantaba pasear, de la noche a la mañana sin que nadie se diera cuenta, se convirtió en un joven adolescente, alto, más bien delgado, con un tono de voz grave, que le daba mucha personalidad y tal vez le hacía mayor, pero que de nada servía para reinvertir su situación con respecto a los demás niños, era definitivamente el niño silencioso, el que no habla, el tímido, que a pesar de ya no llevar gafas, se había convertido en un auténtico solitario, al que ahora le había salido otra afición, la fotografía, que en las largas jornadas de verano, le llevaba a moverse a cualquier rincón del barrio o fuera de él, para realizar esas fotografías artísticas, que solo él sabía darles ese toque tan especial, esa iluminación tan singular, ese momento preciso de la instantánea que solo algunos fotógrafos y sobre todos, a base de cargarse de paciencia, son capaces de conseguir.

Cuando iba a cumplir los dieciséis, por fin consiguió que en casa dejaran de llamarle Andresito, pasando a ser Andrés junior, al coincidir su nombre, con el de su padre.

Entonces, fue cuando la vida por primera vez se fijó en él, cuando realmente le dio la primera posibilidad de llevar otro tipo de vida. Una noche al volver a casa, sus padres estaban serios, tenían algo que comunicarle, y no sabían muy bien como planteárselo, ya que según todos los conocidos a los que habían consultado, el problema sería Andrés.

Esa noche su madre preparó su cena favorita, lasaña de carne, para postre, le había preparado esas natillas de huevos, con galletas que tanto le gustaban y cuando se las estaba comiendo, recondujeron la conversación.

─Andrés hay algo que papá y yo queremos comentarte.

Por un momento ante la inesperada seriedad de la situación, por la mente del chaval, apareció la posibilidad de una separación, pero solo con mirar a sus padres a los ojos, lo desestimó de inmediato.

─¡Qué ocurre mamá! ─preguntó algo desconcertado.

─Sabes que el trabajo de papá aquí, se está complicado cada día mucho más, y de quedarnos aquí, es muy posible que se quede en paro.

─Bueno, hay mucha gente en esas circunstancias, seguro que salimos adelante, no me tratéis como a un niño.

─No se trata de eso ─dijo el padre, en plan muy serio.

─Pues, ya me contareis.

─La empresa me ha ofrecido un puesto en Barcelona, nos ayudarán en el traslado y además…

─Además Andrés, ─siguió la madre, ─tu padre tendrá un buen ascenso y a mí con el tiempo también me darán trabajo.

─Entonces, ¿Cuál es el problema?

─Bueno, hemos pensando en ti, en que tienes que dejar tu mundo, tus amigos, el barrio.

Andrés solo tuvo  que pasar por su mente estos últimos cinco años, sus soledades, su tristeza por no tener amigos, pero sobre todo pensó en lo bueno, en su Egipto, en las nuevas posibilidades de fotografiar otros sitios desconocidos, en la perspectiva de empezar una nueva vida, personalmente y socialmente y esto no podía pintar mejor.

─Bueno, ─dijo de una manera reflexiva─, las circunstancias mandan, y cada uno nos tendremos que sacrificar a nuestra manera.

María abrazó su hijo, mientras su padre le daba una palmadita en la espalda, por la madurez demostrada.

 

Tres meses después ya establecidos en Barcelona, la vida a Andresito le había cambiado radicalmente, el primer día de instituto, todas las estrellas se debieron confabular con él.

Una madre distraída, dejó el cochecito de paseo de su bebe y a punto estuvo de ser atropellado por un coche, de no haber sido por la celeridad de reacción de Andrés, dentro del instituto, en las escaleras, tras un codazo de un mal educado, a Lara, una joven rubia y simpática, se le cayeron los libros de las manos, Andrés gentilmente la ayudo a recogerlos, y al encontrarse las miradas de ambos jóvenes, algo especial ocurrió entre ellos.

─Hola, ¿tú debes de ser el nuevo?, yo soy Lara ─se presentó la joven algo azorada, mientras le daba un par de besos.

─Soy Andy, y si soy nuevo aquí, es mi primer día, pero ya veo que alguien ha anunciado mi llegada.

Ese día nació un nuevo joven, una persona diferente, social, abierta, comprometida con su entorno, pero no por ello dejó sus aficiones al margen, se convirtió en un auténtico egiptólogo, y su afición a la fotografía y el dominio de la técnica, le convirtió en un chico, bastante popular entre sus compañeros.

Atrás quedó Andresito, su aislamiento absurdo, por llevar gafas.

Hoy Andrés es un reconocido arqueólogo,  con diversas obras publicadas, sobre todo con Egipto como tema prioritario y la calidad de sus ilustraciones al ser propias, dan a sus obras una calidad, internacionalmente reconocidas.

Pero cuando Andrés, mira al pasado, aquellos cinco años de su vida, solo, sin amigos, aislado de manera forzosa, no los recuerda con cariño, aunque sea muy consciente, de que fueron precisamente aquellos años, los que forjaron su personalidad.

 

 

 

 

 

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