El niño de la melena rubia

El niño de la melena rubia

Sí, era un nene monísimo, las fotografías de aquella época lo demuestran, a mí me gustaba mi melena rubia, me encantaba mover el pelo y verlo flotar al aire cuando corría, además       aquí entre tanto moreno, mi cabellera rubia era más llamativa y por lo tanto, probablemente el motivo de envidia.

Hasta los cuatro o cinco años, no tuve ningún tipo de problemas, pero a partir de esa edad, algún niño ya me miraba con cierto recelo, mis suaves modales y algún que otro gesto poco masculino, me empezaban a delatar, en aquello, que yo en mi fuero interno, ya conocía.

Mi mejor amigo desde parvulitos, Sergio, un día me lo dijo claramente.

─Alex, mi mamá no quiere que me junte contigo.

Yo no fui capaz de preguntar, ni tan siquiera decir nada, pero las cosas a esas edades, por poco tiempo se pueden ocultar.

─Alex hace mucho que no viene Sergio a jugar  a casa contigo, y tú tampoco vas a la suya, ¿estáis enfadados?

Yo tuve que decir, lo que unos días antes, el mismo me había contado.

─Su mamá no quiere que se junte conmigo.

─¿Por qué lo sabes?

─Me lo ha dicho él, y ya no quiere jugar conmigo, ni en el cole ni fuera.

Obviamente mi madre se alarmó y ese mismo día llamó por teléfono a la mamá de mi amigo.

No se pudo quedar más desconcertada.

─Alex, no es una buena influencia para mi hijo, ─dijo cortantemente.

─¿Mala influencia?

─No te hagas la tonta, ¿no me digas que tú no te has dado cuenta?

─Cuenta ¿de qué?

─Mira, yo no creí que te tuviera que decir esto, pero tu hijo es muy afeminado.

─¿Te estás oyendo?, estás hablando de un niño de seis años.

─Seis años sí, pero maricón también.

Mi madre no podía creer lo que estaba oyendo, todo esto le era tan nuevo, que no supo cómo atajarlo, y a pesar de hablar con algún profesional al respecto, nada pudo hacer, y en el colegio se encontró con un potente muro, un grupo de madres, organizadas y mal informadas por la madre de Sergio, las que formaron un bloque en contra de mí, y yo sin olerlo ni catarlo era el culpable de todos los malos, fueran ciertos o inventados.

Un día el director llamó a mi madre.

─Alex ¿has hecho algo malo? ─me preguntó mi madre intrigada.

─No mamá.

Ese día me acusaban de haber robado una peonza a un niño y como testigo, estaba mi examigo Sergio, mi madre no se lo tragó, ya que a mí nunca me había gustado ese juego, me parecía violento y peligroso, pero sin tener nada que ver con aquello, todos me señalaron con el dedo, y me convirtieron el culpable oficial, sin pruebas y lo que es más grave, sin razón.

Ese mismo invierno, un día frío y húmedo llegué a casa sin el abrigo, cuando mi madre me preguntó por él, confesé que no sabía dónde lo había dejado, y lo había perdido.

En casa me castigaron, pero unos días después que mi madre me acompaño al colegio, porque le pillaba de paso para unos recados que tenía que hacer, se llevó la sorpresa,  al ver a Sergio con mi abrigo, entonces, ese día no me dejó en el colegio, me llevó con ella y por la tarde en casa, estando los dos tranquilo y habiéndome obsequiado con una gran taza de chocolate y bizcochos, me sacó la conversación.

─Alex, dime la verdad, ¿qué ha ocurrido con tu abrigo?

─No lo sé mamá, lo he perdido, sabes que soy muy despistado.

─¡Alex!, esta mañana he visto que Sergio lo llevaba puesto.

Yo en ese momento no supe responder, lo mejor era decir que era parecido al mío, así lo expresé, en el titubeo, mi madre como todas las madres, supo que no decía la verdad.

─Alex sabes que a mamá no le puedes engañar, y sé que no me estás contando la verdad.

Entonces, le tuve que contar la verdad, le conté como la madre de Sergio había ido a hablar con el profesor, me acusó de haber robado el abrigo a su hijo y el profesor sin tan siquiera contrastar lo que esta señora decía, delante de todos me acusó nuevamente de ladrón, me quitó el mismo el abrigo con sus manos, y se lo entregó a la mamá.

Inmediatamente me cogió de la mano y fuimos a casa de Sergio, mi madre soltó por su boca todo lo que quiso, pero la madre de mi examigo, mientras este lloraba tras ella, me llamó de todo, maricón, que no tenía derecho a vivir, que no me quería cerca de su hijo, que a todos nos tenían que encerrar en algún sitio y alejarnos de los otros niños, para que no les pegáramos nuestras malas influencias.

─ Estás enferma! ─gritó mi madre.

─ El enfermo es tu hijo.

Mi madre me cogió de la mano y tirando de mí, me dijo.

─ Vámonos de aquí Alex, ¡pobre Sergio con esta madre!

Yo no entendía nada, pero mi madre salió de allí al contrario de lo que a mí me parecía, muy orgullosa, con la cabeza muy levantada, como si ella hubiera sido la gran ganadora de esta batalla, al tiempo que yo tenía la impresión de que las cosas habían sido totalmente al contrario.

A la mañana siguiente, mi madre me puso más guapo que nunca, como si de un domingo se tratara, me llevó de la mano a la puerta del colegio, hasta verme entrar al interior. Yo no entendí su actitud, nunca desde hacía algún tiempo,  me acompañaba por que sí, pero no paso mucho tiempo esa misma mañana para saber el motivo, y esto ocurrió cuando el director y ella se presentaron en clase.

Desde el la puerta con gesto serio Don Joaquín, hizo salir a mi profe.

─Don Carlos por favor puede salir.

Desde el interior no se escuchaban las palabras, pero sí que se oía una conversación, llevada a término entre los dos hombres en plan poco amistoso, mi madre no participaba, solo dejaba hablar a Don Joaquín y pocos minutos después entraron los tres en silencio, y reclamaron nuestra atención.

El director tomó la palabra.

─Sergio, por favor, puedes venir.

Mi examigo, con andares temblorosos, se levantó de su sitio y se acercó hasta el director, entonces este con voz suave le dijo:

─Sergio, podrías coger tú abrigo y traerlo aquí.

─Don Carlos trató de intervenir, pero el director con un gesto brusco y voz tajante le dijo.

─Tú cállate, bastante has hecho ya.

El niño se acercó de nuevo a los profesores y mi madre con el abrigo en la mano, sus ojos ya llorosos y se lo entregó al director.

─A ver niños, fijaros bien en lo que os voy a enseñar.

─¿De quién es este abrigo?

Yo miré a mis compañeros, muchos bajaron la cabeza y callaron, pero otros, sobre todo las niñas, dejaron claro que el abrigo era mío.

Entonces Sergio, rompiendo a llorar, contó que su madre le había obligado a hacer aquello, que él no quería, pero si no lo hacía, sería castigado.

De aquel momento recuerdo la mirada  que don Joaquín lanzó a mi profesor.

─ Ves como no es tan difícil saber la verdad, si hay voluntad. Pero tu falta no estuvo en no hacer esto, sino en lo que hiciste, despojando a Alex delante de sus compañeros de su abrigo, además de acusarlo de ladrón.

─Yo, yo creí a un adulto, no pensé.

─El problema es ese que no piensas, pero además actúas mal y en este caso, creo que llueve sobre mojado, ya hiciste lo mismo con una peonza, ¿tienes algún problema con Alex?

─Yo, yo volvió a balbucear.

─¿Qué ocurre Carlos? ¿Tu comportamiento te parece adecuado?

─Bueno yo creo que Alex, no debía estar con los otros niños, él es…

─¿¡Cómo!? Gritó el director.

─Es un pervertido, es…

En ese momento don Joaquín no soportó la actitud de mi profe ni un momento más, llamó al bedel del colegio para que se ocupara de nosotros  y lo llevó a su despacho, desde allí llamó por teléfono a la madre de Sergio y esa misma mañana quedó todo claro, mi madre aportó como prueba, la factura de compra del abrigo en un establecimiento local, que lógicamente apoyó a mi madre.

Aunque Sergio no tenía culpa de nada, se aconsejó a su madre que le cambiara de colegio, pero tras la intervención de sus padre, desautorizando a la madre y comprometiéndose a encargarse de su hijo, Sergio continuó en el cole, volvió a ser mi mejor amigo, aunque yo nunca volví a ir a su casa, él a la mía si, era mi mejor amigo y lo sigue siendo en la actualidad. Su madre un día se marchó de su casa sin decir nada, se sentía señalada por todos, y su marido la había dado la espalda al no respaldar su conducta, y afearla públicamente, se sentía humillada y ninguneada, las mamás de esos niños que había trabajado sutilmente en mi contra, se volvieron contra ella a la vez, y no pudo resistir la presión.

Ella una mujer adulta,  no pudo aguantar la presión, esa misma presión que ella había creado contra un niño de seis años.

Lo más sonado, fue el urgente traslado de don Carlos a otro pueblo, fue eso, o la expulsión definitiva, le mandaron a un pueblo olvidado al que ningún maestro quería ir, pero según dicen, aprendió la lección, y allí hizo una buena labor.

Hoy en día soy un joven estudiante universitario, a este viaje no me acompaña Sergio, ya que yo he optado por estudiar psicología y él, una carrera técnica, a Sergio le encanta eso de hacer cosas, siempre prefería jugar a juegos de construcción y obviamente estudia arquitectura.

En cuanto a lo personal, Sergio no cree en el amor, desde aquel suceso ha vivido con su padre, los dos solos, su padre no ha vuelto a tener pareja a pesar de ser un hombre joven y apetecible. Alguno le ha oído decir, que prefiere estar solo, antes de tener a su lado una mala influencia para su hijo.

Yo soy un pica flor, claro que soy homosexual, claro que en mi casa me apoyan,  a pesar de haber preferido una vida más cómoda y tranquila para mí, una familia, hijos, pero saben que yo no hice nada para ser así, algunos de mis amigos gais vienen a casa, nos aceptan y respetan, pero en mi memoria quedaran aquellos meses, en que la madre de mi mejor amigo, me hizo la vida imposible.

 

 

 

 

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