La niña a la que le gustaba jugar al fútbol

La niña a la que le gustaba jugar al fútbol

Siempre he sido una persona muy singular, desde muy pequeña no respondía a los cánones establecidos, si mi madre, apenas siendo un bebe, me ponía algún lacito o algo parecido, al menor descuido, me lo quitaba y lo tiraba, es algo que haces incluso sin tener uso de razón, sin ser consciente de nada de lo que te rodea.

Con tres añitos según cuenta mi madre, ya cogía cada rabieta de miedo, si mi madre me ponía vestidos o faldas, a los cinco, odiaba la melena rubia que mi madre tanto cuidaba y a la que se descuidó, según me recuerdan, cogí unas tijeras y me hice tal escabechina, que me tuvieron que llevar inmediatamente a la peluquería tratando de arreglar la escabechina que me había hecho.

Aquello quedó como una chiquillada, pero día a día por méritos propios, sé que me fui ganando la fama de rara.

Nunca me llamaron la atención las muñecas, sin embargo, coches y camiones me volvían loca, soñaba con tener las manos manchadas de grasas, que trabajaba en un taller arreglando coches.

Para mi bien, todo esto lo viví en familia, pero a los ocho años, sin controlar la situación, sin tener capacidad de calibrar, me dio por jugar al fútbol.

Bueno, era una peculiaridad más a partir de ese momento, era la loca del balón una excentricidad más, pero en este caso me pase aún más y esto me llevó a que todo el mundo de golpe me señalara con el dedo.

En clase se estaba formando el equipo de fútbol, yo pedí a mi amigo Luis, que cogiera el formulario por mí.

Éramos dos niños, a él le gustaba el fútbol como a mí, jugábamos mucho juntos, pero él no podía competir, la mayoría de los partidos de competición se llevaban a cabo en fin de semana y él siempre los pasaba fuera con sus padres en una casa familiar en la sierra.

En casa a nadie sorprendió, lo tomaron como una actividad más y en ese aspecto eran bastante liberales, lo tomaron con una absoluta normalidad y me lo rellenaron y me firmaron la ficha.

Al día siguiente, Luis la entregó junto a las demás y no fue hasta días después cuando descubrieron el engaño por mi parte, a media mañana un día justo antes del recreo el director se plantó en la clase con gesto serio y cara de pocos amigos.

─Lucia Calatrava, a mi despacho, sal y me esperas en el pasillo que tengo que hablar con Don Juan, antes.

Don Juan mi maestro era una bella persona, un hombre dulce, compresivo, que siempre me hacía sentirme bien, quitar hierro al asunto y cualquier cosa que ocurriese con mis compañeros lo resolvía de inmediato, obligándonos a darnos un abrazo como signo de reconciliación.

Desde el exterior escuché al director ir elevando la voz, y la de don Juan, cada vez más bajito, como en un susurro, al salir de la clase, Don Diego, hombre alto, grande y poco amable, cerro el aula de un potente portazo, haciendo saber a todos lo muy molesto que en ese momento se encontraba.

Al llegar a mi lado, me cogió de una oreja y me llevó en volandas a su despacho, por un momento creí que me iba a arrancar la oreja.

Bueno avanzo en la historia y no es justo, debo confesar que tengo 30 años para contextualizar la historia, entonces ya se empezaban a cuidar mucho todos estos aspectos, los métodos más didácticos, más igualitarios, dónde el caciquismos del profesorado y de los directores, era ya algo casi residual, pero que en muchos profesionales de la enseñanza con una cierta edad, tan complicado era reconducir.

─¡Eres un chicazo!, ¿cómo se te ocurre hacer esto?

Creo que por el escozor que sentía, me debio haber rasgado algo la oreja, pero la rabia que me subía, lo injusto de la situación que a pesar de hacerme la tonta, sabía perfectamente por dónde venía, me hizo morderme los labios y hacerme la fuerte, por más gritos que me pegara, insultos o golpetazos encima de la mesa.

Su ira fue más a más, yo permanecí impertérrita, y por un momento temí por su salud, se estaba poniendo rojo y pensé que le podía dar algo.

─Mañana a primera hora quiero ver aquí a tus padres, si no vienen, no entrarás al colegio.

Cuando llegué a casa y lo conté, en seguida supieron el motivo, y esa misma noche, desde mi habitación, los escuche hablar en voz baja.

A la mañana siguiente, mi madre me acompañó al cole, yo iba nerviosa, conocía a mi madre, si la hacía explotar, podía arder Troya, y poco más o menos así fue.

La conversación se estaba manteniendo en un tono conciliador, pero en el momento que el director soltó eso de que era “un chicazo”, explotó, no se mordió la lengua lo llamó de todos menos bonito, pero lejos de que aquello quedara entre las cuatro paredes del despacho, la lio fuera, todo el pueblo se enteró, elevó una queja a la dirección provincial de educación, se puso en contacto con el defensor del pueblo, con las incipientes asociaciones feministas, hasta de algún programa de radio la llamaron, y si yo no había calibrado mi primer paso, ese de llevar la ficha firmada por mis padres, mi madre, se perdió.

La batalla a nivel mediático la vencimos, pocos años después ya había equipos mixtos, hoy mi hijo tiene compañeras que juegan con él en las competiciones comarcales y se ve con absoluta normalidad, incluso al curso siguiente, Don Diego fue trasladado por “petición propia” a otro colegio, lejos del pueblo, pero desde octubre que ocurrió esto, hasta el final del curso, fueron los peores meses de mi vida.

Primeros empujones fortuitos en el los pasillos, zancadillas, libros que desaparecían y aparecía rotos, todo lo sufría con dignidad en silencio, soportaba las regañinas en casa por destrozar los libro, por llegar a casa con las sudaderas echas jirones, pero el día que llamarón a casa desde el centro de salud que había tropezado y caído por las escaleras, partiéndome el labio y una ceja, además de múltiples contusiones, mi madre, que no es tonta, empezó a investigar, a preguntar a mis amigos más cercanos, nadie dijo nada, pero cuando llegó el turno de Luis, lo soltó todo, esa noche no me mandaron a la cama, en el salón junto a mi padre, canté hasta la Traviata.

Mi madre como un Miura estaba dispuesta a presentarse a la mañana siguiente en el colegio, pero fue mi padre, mucho más reflexivo, el que estableció la estrategia.

─Lucy, tómatele con clama, recuerda lo de la ficha, de aquellos tormentas vienen estos lodos, no cometamos los mismo errores.

─¿Qué hacemos?, ¿me quedo de brazos cruzados?

─No estoy diciendo eso, solo que debemos de ser más inteligentes.

─¡Más inteligentes!, ¿Y eso cómo se hace?

─No debemos de enfrentarnos a todo el mundo, empieza por hablar con la madre de Luis, y así poco a poco ir ganándote a todos, hasta tener aislados a los colaboradores, entonces haremos un planteamiento diferente, atacaremos frontalmente a esos niños, entonces iremos a hablar con sus padres, a tratarlos de hacerles ver el erróneo comportamiento de sus hijos y si esto funciona, solo si esto sale bien y alguno puede comprometer al director, haremos un enfrentamiento directo con este.

La primera parte funcionó, con el padre de los acosadores la cosa solo funcionó a medias, y aunque alguno habló claramente e involucró a don Diego. Mediante una conversación en los vestuarios, previo a un partido de fútbol, con una arenga de consignas machistas, los padres por miedo a que sus hijos estuvieran en el punto de mira de un hombre poderosos como el director del colegio, se negaron a colaborar.

Corría mayo, cuando se agotaron las vías, pero era frecuente que me invitaran a jugar al fútbol con ellos.

La mayoría de ellos se disculpó conmigo, algunos se amparaban en la normativa de competición, para que no pudiera jugar con ellos en el campeonato, pero siempre que de su parte corría, era una más del equipo y esto cuando el directo lo veía, cuando me veía ser una más del equipo, se envenenaba, se ponía rojo de ira y en boca de algún maestro, en voz baja soltaba letanías inentendibles.

Otro en un encuentro fortuito con mi padre en el bar, habló que lo del director no solo fue una petición de cambio de destino, fue algo obligado, el destierro o el despido por procedimiento de expediente, no tuvo alternativa.

Al año siguiente, con un joven nuevo director, todo fue muy diferente, en clase fue nombrada la atleta del curso, yo seguía con mi pelo corto, con mis brazos en arras, ante cualquier discusión, pero muy consciente de que mi pesadilla se había acabado.

Hoy como ya he dicho antes, estoy casada, tengo hijos, pero miro al pasado, miro a otras niñas que además de tener gustos especiales, se sienten también especiales y les gustan otras niñas y no hay derecho, no es algo que busques, no es ninguna osadía, no es algo que tú pretendas, es algo que te viene de serie, como el color del cabello o de los ojos.

 

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