El niño de los pantalones cortos

El niño de los pantalones cortos

Sí siempre ha existido, de toda la vida los niños han sido muy crueles, sobre todo ante todo aquello que venía de fuera y a lo que no nos unía nada.

Mi pueblo era un pueblo pequeño, si en el centro de España, pero para ilustrar algo más la situación, decir, que la mayoría de los habitantes del pueblo, jamás habían salido de aquí y muy pocos a pesar de que la capital del reino, está a solo unas decenas de kilómetros había ido allí.

La economía a nivel nacional llevaba unos años complicados, pero a esto, una pertinaz sequía arrastrada en el último lustro, incluso en las zonas rurales, hacía que los productos más imprescindibles para alimentarnos, no abundaran como en otras ocasiones, o más bien, fueran mucho más escasos, de lo que en otras ocasiones lo habían sido.

Me llamo Adela, ya soy una persona mayor, tal vez demasiado mayor, pero por esto mismo, tengo una memoria amplia, muy buenos recuerdos de esa infancia sencilla, compartida y a veces sufrida con los niños de mi generación.

Tuvimos una infancia con muchas necesidades, no nos sobró de nada, pero en el fondo lo más elemental, lo más esencial en los aspectos vitales de la vida, nos hicieron una generación dura, pero feliz.

Recuerdo que al final de aquel verano, llegó al pueblo el niño de los pantalones cortos, un niño de diez u once años, llegó con su madre, una mujer recién enviudada, que venía a cuidar a una tía lejana que vivía sola y a parte de un techo dónde cobijarse, poco más que ofrecer que su propia miseria.

La Sra. Juliana, no era ni mucho menos una mujer popular en el pueblo, a cuestas, muchos años, una vida llena de soledades y en los últimos años una demencia senil, que la había convertido por esta razón, en la bruja oficial del pueblo. Sí, era la mujer a la que los niños los gustaba incordiar y a la vez ella, como respuesta, se encargaba de amenazar, insultar o lanzar cubos de agua, a la chiquillería que se atrevía a meter las narices, dentro del abandonado patio trasero de la casa, protegido en el pasado por alguna especie de valla, de la que hoy apenas queda nada.

El niño de los pantalones cortos, era bastante tímido, le costaba mucho trabajo relacionarse con los demás niños, y un halo de tristeza arrastraba tras sus pasos.

Tal era la desidia que los demás niños teníamos hacía él, que hasta bastante meses después, nadie lo conocía por su nombre de pila, era el niño de la casa de la loca, o el de los pantalones cortos.

Llamó mucho la atención, que a finales del otoño, continuara con esos raídos pantalones cortos, cuando llegaron las Navidades, en lugar de ponernos en su lugar, de pensar que tal vez no tenía otros que lo protegieran del frio, se empezó a tomar como una excentricidad y este niño, ya era el loco de los pantalones cortos.

No recuerdo si en algún momento, el trató de acercarse al resto de los niños, o ni siquiera se tomó la molestia, ante el rechazo de los demás, antes las gamberradas que los demás ejecutábamos contra él, y digo los demás, porque es cierto que de una manera activa, o pasiva, todos éramos participes, unos por notoriedad, por hacerse el protagonista, por aumentar su mandato de poderío, sobre los demás, otros por sumisión, por tratar de evitar que lo pusieran al mismo nivel del niño de los pantalones cortos, o simplemente por cobardía o desidia, o incluso tal vez por mero aburrimiento, ya que en algunas épocas, como la invernal, cuando no te podías alejar mucho del pueblo, por frio, por estar todo embarrado, porque los días son muy cortos, él era el punto de mira de todos, el hazme reír, el objetivo de todas las sornas, todas las burlas, hasta aquel día en que todo se fue de madre, aquel día que cruelmente, provocaron una pelea, en la que le rompieron los dichosos pantalones cortos y el niño, en aquel momento dejó de venir al colegio.

El dicho dice, que este mundo es un pañuelo, esta situación estaba más que olvidada de mi memoria, pero la vida nos hace recordar las cosas, incluso aquellas que no nos apetecen, y así fue como Manu, volvió a mi existencia hace unos años. Manu es el nombre del niño del niño de los pantalones cortos y hace un par de años, acudí a una conferencia sobre el acoso escolar, un prestigioso psicólogo, don Antonio Manuel Pacheco Ruiz, era uno, de los que la impartía como profesional, era un hombre sabio, ducho en mil batallas, pero en un momento de la conferencia, ante toda la audiencia, contó la anécdota de lo sucedido cuando él era un niño, como fue acosado casi por todo el mundo, en aquel pueblo inhóspito, al que se había visto abocado, tras la trágica muerte de su padre.

─Yo aún no había superado el duelo por la muerte de mi padre, mi madre, más que vivir, dejaba pasar las horas de manera automática, cuidando de la tía, y limpiando algunas casas, para poder subsistir, mientras que su corazón seguía destrozado.

Muchas veces a lo largo de mi vida y siendo buen conocedor de psiquis humana, he sido totalmente consciente, de que si mi madre tuvo coraje de seguir adelante, fue por mí, por sacarme adelante, porque la memoria de mi padre trascendiera, mi madre era una mujer muy débil, una persona que jamás superó la trágica muerte de mi padre, y solo mi existencia, la llevó a continuar en este mundo.

Aquel día que volví a casa con los pantalones destrozados, se volvió loca, revolvió entre las pocas pertenencias que teníamos, a ver si de alguna otra prenda, me podía conseguir unos nuevos pantalones, se pasó noches completas uniendo restos de prendas, pero cuando al final pudo dar algo de forma a esos pedazos de tela, era inviable y más que ayudar, agravaría nuestra incómoda situación en el pueblo.

─Que te ocurre, Pilar ─preguntó doña Carmen, la señora en cuya casa trabajaba mi madre.

Mi madre no reaccionó, solo rompió a llorar, pero doña Carmen, sentándose con ella en la cocina y con una taza de tila en la mano, poco a poco le sacó todo el amargor que llevaba dentro.

Al día siguiente, mi madre me levantó, me lavó bien, me aseo con más esmero de lo normal y cuando íbamos a salir de casa camino del colegio, a la puerta de la casa estaba doña Carmen y su hija Adelita, mi compañera de colegio, nada más salir, la niña me dio la mano y no me la soltó hasta estar dentro del aula y sentados uno al lado del otro, en el mismo pupitre compartido, me sentía importante, era la primera vez que llevaba pantalones largos, Don Federico, tardó un largo rato en entrar, cuando lo hizo, en lo alto del entarimado, permaneció un rato larguísimo en silencio, como pensando como proseguir, entonces nos contó una historia, una larga y tierna historia, no señaló a nadie, no hizo mención a ninguno, ni tan siquiera a mí, pero fue un cuento tan gráfico, tan cercano, que todos y cada uno de los asistentes nos sentimos identificados.

Ni tan siquiera hizo amenaza alguna, hoy como profesional del medio, me gustaría recordar palabra por palabra su charla, a mí me cambió la vida, recuerdo su sencillez, su naturalidad, su manera tan explícita de mostrar el mal, si dañar a nadie, sin censurar, sin apenas tomar medidas, pero llegándonos al corazón.

Ese día en el recreo, no me pidieron perdón, pero me invitaron a jugar a la pelota, para mí fue más que suficiente, pero lo que jamás olvidaré, fue la actitud de doña Carmen, ayudando a mi madre, regalándola esos pantalones que a su hijo se le había quedado pequeños, a Adelita, esa preciosa niña de coletas y ojos azules, que no me soltó dela mano en esos momentos tan complicados y el buen hacer de don Federico, mi maestro durante muchos años, el que supo instalar en mi la base de mi crecimiento personal y profesional, el que me inculcó el valor de la lectura, del compromiso social, de saber comprender a los demás.

Yo tras oír esto, me reconocí en esa niña de coletas, más trabajo me costó reconocer en Don Antonio Manuel a Manu, ese niño frágil y desvalido, quise pasar desapercibida, pero las emociones no se pueden controlar, y Manu tras verme azorada y saltárseme las lágrimas, reconoció mis ojos, mi gran parecido con mi madre y tras la charla, al bajarse del estrado, vino directamente a mí y me abrazó con un fuerte abrazo de gratitud.

─Te he reconocido, fuiste mi ángel, en aquel momento.

Hoy Manu es mi pareja, creo que desde aquel momento, no nos hemos separado, cada uno hemos tenido una vida intensa, con altibajos, con momentos felices, pero como los que desde hace un par de años estamos compartiendo, jamás. Ambos tenemos hijos de anteriores relaciones, ahora somos una gran familia, sin los condicionamientos sociales de nuestra infancia, con mucha más libertad social y personal y eso nos hace más libres, más felices y sobre todo mucho más sensibles a las injusticias sociales, fue este compromiso, a él como ponente y a mí como persona preocupada en estos problemas sociales los que nos llevó al reencuentro, a enfrentarnos a nuestro pasado, a nuestra niñez compartida en aquel pueblecito y sobre todo a comprender que hay problemas que son atemporales, que a pesar de los muchos avances sociales, seguimos tropezando con las mismas cosas y nuevamente hay que tomar medidas, pero no siempre hay un don Federico, con aquella sabía manera de actuar, para atajarlos.

 

 

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