NUNCA ES TARDE

TRECE HISTORIAS DE AMOR

CAPÍTULO 12

NUNCA ES TARDE

 

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Bueno, a mis 49 años he vivido mi vida, lo he hecho como me ha dado la gana, a mi ritmo, sin grandes satisfacciones, pero también sin grandes alegrías.

He llevado una vida cómoda, apenas empecé a trabajar, murió mi padre, no es que haya sido el soporte económico de mi madre, ya que ella con su pensión de viudedad, tenía para los gastos y siempre le quedaba algo, mi hermana Tere es algo mayor que yo, y una vez pasado el año de duelo, ella y Andrés su novio de toda la vida, decidieron casarse e irse al piso que desde años llevaban pagando a penas a unos bloques de aquí, en un suburbio del sur de Madrid.

Antes ir al centro desde aquí, no era tan sencillo, autobuses, tren, o varios autobuses, uno hasta la plaza de Legazpi y desde allí, otro o el metro, lo que más practico resultara a cada uno.

Esto lo cuento, porque nunca he tenido coche, y siempre me he movido en transporte público, lo cual a veces, volver  a casa después de una larga noche de juerga no era fácil y los taxis… los taxis no siempre estaban a mi alcance, ya que mi posición económica no era especialmente boyante.

Sí, nunca me ha faltado el trabajo, pero siempre he sido un poco caprichoso, esos han sido mis dos puntos débiles, la ropa y los viajes y en ello se me iba gran parte del sueldo.

─Tu sigue así, alguna vez te darás cuenta de lo absurdo de tanta ropa cara ─me repetía mi madre constantemente.

Cuando nacieron mis sobrinos, me volqué en ellos, eran lo único que tenía, mis herederos, como yo decía, ya que a pesar de tener una buena vida, el amor, nunca llamó a mi puerta.

En mi juventud, ni siquiera me di cuenta, me dejé arrastrar por lo fácil, por lo normal en aquella época, discotecas, conciertos, al principio nada parecía cambiar, pero en solo unos pocos años, me quedé sin amigos, ellos si habían encontrado alguien a quien tener a su lado y aunque pasar por la vicaría no era lo acostumbrado, ya que éramos progres, jóvenes trabajadores de un barrio obrero, y salvo en aquellas parejas donde la familia de ella, tenía un fuerte sentido religioso, con irse a vivir juntos era más que suficiente, resumiendo a los 25 años, estaba solo, ya me costaba trabajo encontrar amigos para ir a esos conciertos o al cine a ver alguna película, pero las discotecas eran lo mismo, acudía solo, me lo pasaba bien, volvía algo más que contento a casa y así hasta el nuevo fin de semana.

Al final nos convertimos en supervivientes, vamos cambiando de grupo de gente, aprovechamos rupturas de parejas para pegarnos a ese que queda libre y así se va tirando.

Cuando me quise dar cuenta, estaba metido en la cuarentena y aunque todavía estaba de buen ver, me había convertido en un solterón, las posibilidades de formar mi propia familia, se habían esfumados, pero al llegar a casa, al menos tenia a mi madre esperándome.

Los sobrinos, esos retoños que durante años los consideré como algo propio, se habían convertido en adultos independientes, en jóvenes que ya vivían su propia vida y el tío soltero no formaba parte de ello, todo lo contrario, si alguna vez coincidíamos en algún garito, era ese familiar molesto, trasnochado, que a falta de algo mejor, trataba de vivir un tipo de vida, que ya no le correspondía y en la manera de lo posible, era ignorado por ellos.

Empezaba a sentirme algo hastiado de la vida fácil que llevaba, casi regalada, los viajes cada día los espaciaba más, la ropa ya fuera por la exagerada cantidad que llenaba mi armario o porque ya carecía de esa importancia que durante años le había dado, no suponía tanto gasto, mi cuenta de ahorros fue creciendo, pero no tenía ningún sentido, disponía casa propia, y  no pensaba invertir en un coche, que tanto gasto suponía en una economía normalita como la mía.

Entonces ocurrió lo de mamá, su enfermedad que tanto nos unió durante casi dos meses a mi hermana Tere y a mí, fueron muchos cuidados los que necesito en casa, muchas horas ingresada en un fría habitación de hospital, e incluso las pesadas horas de tratamientos químicos, para tratar de solventar ese maldito cáncer, que la cirugía fue incapaz de resolver y que la radio terapia solo sirvió para achicharrarla el pecho y alargar el dolor y el sufrimiento,  de ella y  de toda la familia. Bueno de ella y de nosotros dos, ya que mis sobrinos, esos mismos que mi madre había cuidado, había llevado al colegio, se había hecho cargo de ellos cuando sus padres decidían irse de fin de semana o de unas vacaciones, que según decía mi Tere.

─Mamá me tienes que echar una mano, Claudio necesita tomarse un respiro, el trabajo le estresa mucho, quédate este puente con ellos, ya sabes que son niños muy educados y se portan bien.

A mamá cada vez le costaba más trabajo decir que sí, eran niños con mucha libertad, ella no entendía esas salidas de fiesta que se alargaban hasta la mañana siguiente, y que la tenían toda la noche en vela, a pesar de ser tan solo unos adolescentes.

─Yo entiendo que tú que eres un hombre hecho y derecho lo hagas, pero ellos apenas son unos niños, si los ocurre algo…

─Mamá, están acostumbrados, ellos son de otra manera, saben defenderse, no le des más vueltas, lo mismo les puede ocurrir, estando sus padres en casa.

─Ya hijo, pero esa niña, toda la noche fuera de casa.

─Anda no seas antigua mamá, hoy en día lo mismo da que sean chicos que chicas, eso ya no es un inconvenientes, hoy hay igualdad mamá.

Pues como decía, a la hora de estar enferma, las visitas de mis sobrinos han escaseado, estaban muy ocupados, siempre “habían quedado” y apenas tenían tiempo para su abuela, las visitas en el hospital fueron pocas y breves y cuando estaba en casa, “ya se encarga su madre de atenderla”.

Cierto es que al sobrellevarlo entre Tere y yo, esto nos unió mucho más y cuando el temido desenlace ocurrió, nos consolamos uno en los brazos del otro, con su marido estaba pasando una de sus crisis, mejor dicho, Claudio, fuera de casa tenía una nueva ilusión y Tere, antes de romper, “por sus hijos”, como tantas veces decía, prefería tragar y callar.

Fueron muchos meses los que se encargó de cuidarme, de tener mi ropa en condiciones, la casa limpia, el frigorífico lleno de comida, yo se lo agradecía en lo personal y económicamente, pero todo cambio de la noche a la mañana, el último capricho de su marido, se cansó de él, y entonces nuevamente se refugió en su mujer, el que sobraba era yo y hasta que no consiguió desplazarme de sus vidas, no paro, ya que según Claudio, “yo era el causante de su distanciamiento”.

Tere durante un tiempo, siguió echándome una mano a espaldas de su marido, pero conscientes de que cada vez era más complicado, uno de esos días que venía a la carrera, a traerme algo de comida preparada, me lo soltó.

─Javier, sabes que por mí no hay problemas, que este tiempo me lo quito de dónde sea, pero cada vez es más complicado, cada vez me siento más oprimida y lo que no quiero es que si lo mío fracasa, pueda decir que ha sido por tu culpa, por otro lado tu situación económica no es mala, creo que deberías plantearte buscar una mujer que te venga por horas, o algún día a la semana y te lleve la casa.

En un principio me lo tomé como un simple comentario, uno más de los muchos que me hacía por mi bien, pero días después el mensaje fue calando en mí, y la próxima vez que nos vimos le pregunté que si ella conocía a alguien, ya que seguramente, esa sería la solución más adecuada.

Así entro en mi vida Érica, una joven rumana de unos treinta años, era hacendosa, tranquila, limpia y muy callada.

Los primeros meses apenas la veía, ella tenía una copias de las llaves de casa y mientras estaba trabajando, ella venia y me resolvía todo.

Recuerdo que fue un viernes cuando al llegar al barrio me la encontré esperándome.

─Javier, le estaba esperando, necesito hablar con usted.

Me resulto violento que subiéramos a cada, la ofrecí tomar un café en el bar de abajo y mientras lo tomábamos, ella me contó el problemas.

Llevo tiempo atendiendo a una señora mayor, ahora me pide que vaya todos los días a atenderla, de lunes a viernes, ya que los fines de semana está su hija con ella, y aunque yo no quiero dejarle a usted, salvo que venga los sábados por la mañana, me será imposible.

─Bueno si puedes los sábados, ¿dónde está el problema?

─¿Cómo los sábados está en casa, pensé…?

─Creo Érica que eso lo podremos solventar, yo estoy contento contigo y me gustaría poder seguir contando con tu ayuda.

─Ya, pero para que me dé tiempo a hacer todo, tendría que venir temprano, sobre las ocho.

Obviamente, los sábados me quedaba hasta más tarde en la cama, pero todo era cuestión de voluntad y tratar de solucionar.

─Tampoco es eso un problema mujer, aunque este durmiendo tu empiezas a lo tuyo, eso no significará ningún problema para mí, aunque tal vez para ti…

─No, no Javier, no es ningún problema, si está de acuerdo entonces, empezamos así la semana que viene y vamos viendo.

El primer día cuando llegó ya estaba levantado y tomándome un café en el salón, en cuanto llegó, alegando que tenía asuntos que resolver, la dejé sola y salí de casa, pero según fue pasando el tiempo, me fui relajando, a veces me despertaba a media mañana, ella era cautelosa a la hora de limpiar y lo hacía con cuidado y sigilosamente, para no despertarme.

Después fue el primer café que compartimos a media mañana. Otro día se ofreció a hacerme una comida típica de su tierra y por supuesto, yo la invité a compartirla conmigo.

Un sábado, cuando llegó, me pilló vomitando, había cogido un virus de esos que tantos abundan hoy en día, se portó conmigo como una madre, me llevó a la cama, después de arreglarla, me cuidó me mimó y a pesar de que su tiempo había pasado, se quedó conmigo, me preparó la comida y hasta que ya a la caída de la tarde, no vio que me encontraba bien, no me dejó.

Esa noche, me llamó por teléfono antes de dormir para ver como seguía, entonces creo que fui consciente que me miraba de otra manera, que nuestra relación distaba mucho de ser la normal, entre una señora que viene a limpiar a casa y el señor que la paga.

El domingo aún descansaba tranquilamente, cuando un ruido en la cocina me sorprendió, me levanté inquieto, sigiloso con algo contundente en la mano, esperando con encontrarme con algún amante de lo ajeno, pero allí estaba ella, preparándome el desayuno y un caldito para comer.

El susto de ella fue mayor que el mío, pero tarde en darme cuenta que ya no era solo por haberla sorprendido, también que apenas unos ajustados bóxer de licra cubrían mi cuerpo.

Ante la situación, una vez pasada la sorpresa y el susto a los dos nos dio por reír.

─Bueno será mejor que me ponga algo de ropa.

─Sí, quédate en el comedor, ahora mismo voy con el desayuno.

─¿Desayunarás conmigo, no?

─Ya he desayunado, te recuerdo que también ejerzo de madre y hoy Jimmy, se ha levantado temprano, pero me tomaré un café contigo.

─¿Jimmy?, ¿Quién es Jimmy?

Así me enteré que tenía un hijo de doce años, nunca había estado casada, no había padre del niño, simplemente fue fruto de una ligereza de juventud, un mal paso, un paso que decidió su vida futura, su salida de Rumania para buscar lo mejor para su hijo, la mala relación con su familia, por este desliz y lo que fue mejor para mí, tenerla ahora conmigo, a mi mesa, compartiendo confidencias y dejándonos llevar.

Ese domingo fue la primera vez que sentí esas mariposillas en el estómago, al sábado siguiente la esperaba levantado, con un pequeño regalo encima de la mesa.

─¿Y esto a que viene Javier?

─!Tú, ábrelo¡

Solo por ver su cara, mereció la pena, aún hoy en día no me explico cómo fui capaz de hacerlo, como la tarde anterior, me decidí a comprarle esa alianza que al verla, hizo que sus ojos se iluminaran.

─¿Qué significa esto Javier?

─¿Tú que cree, Érica?

Entonces se percató de que llevaba una inscripción en el interior, no era muy genuina, un simple, “Te quiero

Así me gané el primer beso, pocos días después conocí por fin a Jimmy, unas semanas después ya estábamos viviendo los tres juntos.

Ahora a punto de cumplir los cincuenta, vivo en mi casa, la de toda la vida y lo hago con mi propia familia, con mi mujer, Érica, que aunque veinte años menos que yo, lo significa todo para mí, tenemos a nuestro hijo, que me mira y me respeta como a un padre, miro la fotografía de mi madre, en la pared principal del salón, su sitio, siento como ella me sonríe, bendiciendo mi familia y yo…, yo solo pienso, “nunca es tarde

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