CAPÍTULO 1 ¿Quién sabe lo que nos depara el día?

TRECE HISTORIAS DE AMOR

CAPÍTULO 1

¿Quién sabe lo que nos depara el día?

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Nunca sabes lo que te depara la vida, es posible que salgas de casa y a la vuelta de la esquina…

Así me ha ocurrido a mi hoy, he iniciado el día con el pie algo cambiado, apenas acababa de llegar a la oficina cuando he recibido una llamada desde casa.

─Algo ha ocurrido Luis, ─me ha dicho Petra la chica de la centralita, antes de pasarme la llamada.

─Sí. Dígame, soy Luis ─he respondido a mi interlocutor─.

─Luis soy la vecina de abajo, sé que no me conoces, pero eso es lo de menos, he oído un fuerte estruendo en mi caso, he subido, con ayuda del portero hemos abierto la vivienda y nos hemos encontrado a tu madre tirado en el suelo, inmediatamente hemos llamado a una ambulancia, apenas han tardado cinco minutos en venir y hemos preferido no avisarte hasta no tener algo claro que contarte.

─¡Voy inmediatamente para allá¡

─tranquilo Luis, se la llevan al hospital. Ahora mismo la están bajando.

─¿A qué hospital la llevan?

─Ya sabes, a nosotros nos corresponde La Paz.

─¿Han dicho algo los de urgencias?

─La verdad ya sabes que a veces son muy cautos y no hablan hasta que no tenga pruebas.

─Ni siquiera sospechan que ha podido ocurrir.

─Las constantes vitales las tiene en general alteradas, ahora toca hacer las pertinentes pruebas en el hospital para ir descartando.

─Y tú ¿cómo la has visto?

─Yo llevo poco tiempo aquí, a apenas me he cruzado un par de veces en el portal con ella, estaba muy pálida, pero poco más puede decirte.

─Bien, muchas gracias por todo… ¿Cuál es tu nombre?

─Leticia, me llamo Leticia, vivo justo en el piso de abajo.

─Gracias Leticia, te debo una, salgo inmediatamente para el hospital.

Apenas unos minutos después salía del edificio de la oficina, solo una leve explicación a mi secretaria y coger la chaqueta de la percha y salir corriendo.

Horas pesadísimas y lentas en el hospital, una vez que me la permitieron ver en el “box” donde la tenían, mientras la llevaban de un lado para otro haciéndola pruebas y analítica de todo tipo. Ya tenía un color de cara más razonable, la tensión seguía un poco alta, pero no algo desmesurado. Ahora solo tocaba esperar resultados, era cuestión de paciencia.

En la sala de urgencias, daba pequeños paseos, de un lado a otro de la estancia, a veces llegaba hasta las en lugar dónde están las máquinas de vending y me tomaba un café. Apenas me aleje media hora , para llegar a la cafetería del hospital a mediodía y tomar algo con lo que aplacar el rugido de mi estómago, que llevaba ya un par de horas pidiendo algo.

Al volver a urgencias algo después de las cuatro, me llamaron los médicos para informarme.

─Su madre, está respondiendo positivamente, tiene algo de anemia, suponemos que simplemente ha tenido un pequeño desvanecimiento, tal vez por no tomar el desayuno, de todos modos la mandamos con un informe a su médico de cabecera. Hoy que trate de estar tranquila, que tome algún calmante suave y descanse y mañana que pida cita para su médico.

Media hora después llegábamos a casa, la acomodé en un sillón, y la tape con una de esas pequeñas mantas de cuadros que la gusta siempre tener a mano.

─Mamá, debías de acostarte, el médico ha dicho…

─¿Qué sabrá el médico?

─Mamá, no seas descerebrada, sabes que tiene razón, me ha dicho que te tomes un calmante y descanses.

─Sabes mejor que nadie, que no me gustan las drogas, anda mira en el armario de la cocina dónde tengo las infusiones y busca la caja de valerianas.

Después de buscar la maldita caja durante varios minutos, no hallé nada.

─Mamá, aquí no hay valerianas de esas.

─Pues date prisa y baja a la farmacia a comprar, es lo único que me relaja y me hace dormir y descansar.

Ya me había puesto cómodo, ya estaba incluso con el pantalón del pijama puesto y nuevamente me tuve que vestir y salir a la calle, hacerlo con premura, ante las dicotomía de dejarla sola o salir a comprar las malditas valerianas como me reclamaba.

Llegué al establecimiento, poco antes de que cerraran y allí me encontré de sopetón con una de las escenas más desagradable que la vida me deparaba.

Esperaba mi turno, delante una señora muy arreglada, llamativa por su elegancia y justo cuando se iba a dar la vuelta para marcharse, cayó al suelo, como si de un fardo se tratara.

A penas tuve tiempo de reaccionar y cogerla por las axilas, justo antes de precipitarse al suelo.

Enseguida salió de detrás del mostrador el farmacéutico, me ayudó a acomodarla en una silla que había a un lateral y la tomó el pulso.

─Apenas se lo encuentro, si la sujeta un momento, voy en busca del tensiómetro.

Poco después comprobó que de tensión estaba bien.

─Cuídela un momento, que voy a buscar para hacerle la prueba de azúcar.

Unos minutos después, ya había vuelto el color a su cara, había sido una simple bajada de azúcar, un simple caramelo de mentol, la devolvió a la vida, a recobrar su compostura y a disponerse a marcharse.

─No debe marcharse así –la aconsejaba el farmacéutico─.

─Tranquilo no es la primera vez que me ocurre, en mi antiguo barrio, ya todo el mundo lo sabía y cuando el desmayo me venía tan de sopetón, todos sabían que siempre llevo caramelos y todo se resuelve en breve.

─Bueno, pues en este barrio ya nos vamos enterando – la dije tratando de romper el hielo─

─Muchas gracias de verdad, la mudanza me ha debido…

La acompañé hasta su casa, vivía en un bloque anterior al mío.

─¿Estas bien…?

─Estaría mejor si me acompañas hasta el piso, ando algo floja y me da miedo una recaída.

En el ascensor nos presentamos.

─Soy Carmen y hoy será mi primera noche en este piso, perdona que no te invite a entrar, esta todo lleno de cajas y no sería capaz ni de encontrar el café para invitarte a uno.

─No te preocupes, además yo tengo algo de prisa, vivo con mi madre y nos hemos pasado el día en el hospital, a ella esta mañana la ha ocurrido algo parecido a lo tuyo, voy a ver si se toma una infusión de valeriana y descansa, por cierto, me llamo Luis y vivo en el bloque de al lado, es más creo que nuestros pisos deben de estar pared con pared.

─Vaya ¡qué casualidad¡

Nos despedimos, en ese momento no me parecía oportuno pedirla su número de teléfono, ni tan siquiera con la excusa de llamarla más tarde para preguntarla como se encontraba.

Volví a pasos acelerados a casa, mi madre se había quedado tranquila y dormitaba en el sillón.

─Mamá, ¿te preparo una infusión de esto?

─Si por favor, mientras yo me iré poniendo el camisón, me encuentro muy cansada y lo mejor será irme a la cama.

No tardó en dormirse, yo me encontraba inquieto, el día había sido algo intranquilo, por un momento dudé si tomarme una infusión de esas también, o romper mi abstemia de hace meses y fumarme un cigarrillo de esos de urgencia que conservo en mi dormitorio.

Opté por esto último, me preparé algo para beber, el otoño era generoso, apenas eran las ocho y media de la tarde y salí a la terraza a fumarme tranquilamente el cigarrillo y tomarme la copa.

El día aún no había terminado y de la misma manera que había empezado con mal pie, el destino me esperaba un final de jornada inesperado.

Estaba absorto en mis pensamientos, la mirada perdida en el horizonte, cuando un ruido en la terraza de al lado llamó mi atención.

─Buenas noches Luis, no me imaginaba que nos volveríamos a ver tan pronto.

─Me costó unos segundo reaccionar, relacionar esas voz con la terraza de al lado y en segundo término, caer que era la voz de Carmen.

─Hola Carmen, ¿mejor ya?

─Es algo de lo que me repongo enseguida, ahora ya vez, como una gocha, tomándome una palmera de chocolate, para levantar un poco más el azúcar, hoy ha sido una jornada agotadora.

─Me alegro, me ha sorprendido oírte, a pesar de tener claro que nuestros pisos debían de ser anexos, no se me había ocurrido pensar que nuestra terrazas, también lo fueran.

─Pues ya ves, el mundo que no deja de sorprendernos y es un pañuelo. Por cierto, perdona que sea tan mal educada, ¿Cómo sigue tu madre?

─Ya descansa, se ha acostado y duerme plácidamente.

─Me alegro, ya ves, después de la tempestad…

─Sí, siempre llega la calma –dije mientras mostraba un cigarrillo en la mano izquierda y el cubata en la derecha─.

─Malos hábitos por lo que veo.

─No, no suelo hacerlo, llevaba meses sin fumar y una copa de vez en cuando tampoco es malo.

─Sí es así, se puede tolerar ─dijo ella mientras sonreía─.

Llegó la noche cerrada, tuvimos que pasar a la casa en busca de algo que nos sirviera para abrigarnos.

Ella salió con una confortable prenda de lana que la llegaba hasta las rodillas, yo con la manta que unos minutos antes mi madre había tenido sobre sus piernas en el sofá.

Apenas susurrábamos, un pequeño tabique de obra nos separaba, pero no impedía que nos viéramos cara a cara, ya que apenas tenía un metro escaso de altura.

Más que hablar susurrábamos, más que contarnos nuestras vidas, nos la estábamos contando al oído. Ella me contó sus años de lucha y desencanto por su pareja de toda la vida. Yo con la mirada perdida en el infinito y entre bocanada y bocanada de humo del enésimo cigarrillo que encendía, dado mi nerviosismo la hable de mi absoluta incredulidad por el amor, después de mi horrible experiencia que me hizo volver a vivir con mamá ya hace cinco años.

─¿Cinco años llevas solo?

─Probablemente Carmen los cincos mejores años después de cumplir los 20.

─¿Tan mal te fue?

─Peor aún, perdí la ilusión por vivir, me tuve que poner en tratamiento y gracias a ello y al apoyo de mi madre…

Ella me hablo de su vida, de su recién rota pareja de cuatro años, de su huida de hecho de Barcelona a Madrid.

De nuestros labios solo salía sufrimiento, solo miserias, basura de la raza humana que saca de manera constante cuando el mar sale por la ventana.

Llego la madrugada, en la calle el silencio más absoluto, su voz llegaba a mis oídos tenue, como si de un poema que me estuviera recitando al oído se tratara a pesar de lo crudo de sus palabras.

A las tres de la madrugada nos despedimos con un simple hasta mañana. Ni que decir tengo que no pude dormir en toda la noche, que al día siguiente estaba deseando de llegar del trabajo para reencontrarme con ella, que nuestras conversaciones de terraza en pocos días se convirtieron en un hábito más nocivo que el tabaco y el alcohol que había recuperado.

La primera noche fría de ese otoño, mamá me sorprendió asomándose a la terraza.

─¡Vamos, no seáis niños¡ tengo la cena para tres a la mesa, Carmen sería para mí un placer que nos acompañaras.

Nos miramos, y en nuestros ojos tuvimos la respuesta.

Me puse una chaqueta a los hombros y acudí a buscarla a su portal, para subir juntos a casa. Mi madre nos esperaba, desde esa noche, hemos cenado juntos todas las noches de nuestras vidas, un par de meses después, Carmen se vino a vivir con nosotros, todo salió a pedir de boca. Un año después nos casamos, lo cierto que mamá lo hizo todo muy fácil y el tiempo que vivió con nosotros, fue nuestra aliada, fue la mejor amiga de Carmen.

Ahora veinte años después y después de unos años ingratos en el amor, hasta su llegada a mi vida estamos a punto de jubilarnos, seguimos siendo felices como el primer día, tan solo una pequeña sombra en nuestra existencia, no habernos conocido 20 años antes y haber llenado nuestra existencia de niños.

Somos afortunados, la vida con nosotros al final se ha vuelto ecuánime y no dejamos de mencionar aquella tarde que por primera vez nos cruzamos en aquella vieja botica del barrio que ya hoy no existe.

 

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